jueves, 22 de septiembre de 2016
La insoportable presión por la carrera de vivir
Un niño nace y, a
los pocos meses, está en una guardería, luego en un jardín de infantes, una
primaria, una secundaria, una universidad, un trabajo: una vida entera de
horarios y exigencias. Creemos que hemos escapado de la esclavitud
pero parece que ha tomado nuevos ropajes…
¿Lo vemos en
detalle? Desde que llegan, los niños están “estimulados” para aprender
cada vez más rápido y adaptarse a su entorno éxitosamente, con juegos,
prácticas, aparatos (que actúan como chupetes electrónicos), etc. A
medida que avanzan en su educación (que debe ser en los mejores colegios, para
tener mejores oportunidades en el futuro), hacen actividades adicionales
porque, como son como esponjas, tienen que absorber todo lo posible. Está
de más decir que las ofertas de publicidad para consumo de la sociedad
capitalista comienza en el nacimiento y termina en la muerte: es omnipresente.
La pubertad y la
adolescencia, períodos difíciles si los hay, están perturbados no solo por la
normal crisis del crecimiento sino también por conductas de falsa adultez como
el sexo temprano, el alcohol, las drogas, los comportamientos riesgosos, la
falta de límite y el amiguismo de los padres y otros etcéteras que los
complican más.
En los trabajos, a
medida que pasa el tiempo, se van duplicando las exigencias de estudios,
labores, horas, obligaciones extras, rendimiento, hasta el punto que ciertos
puestos parecen fusibles, en los que se quema al empleado para luego
reemplazarlo por uno nuevo.
La mujer,
“ganadora” de nuevos espacios, no solo debe ser perfecta esposa, amante y
madre, también debe ser perfecta trabajadora y perfecta mujer (hermosa,
delgada, con estilo, con intereses propios, cuidadora de padres ancianos, pilar
de la comunidad). ¿Algo más?
No se salvan los
adultos mayores porque ahora tienen que ser jóvenes hasta la muerte, nadie
quiere parecer de su edad y la famosa sabiduría, armonía y calma de la vejez
(¡palabra horrorosa!) es un asunto del pasado justamente.
Obviamente, en
estos años hemos avanzado en muchísimas cosas y no las descarto ni las
minimizo. Solo quiero ayudarte a reflexionar sobre esta vorágine de “deber
ser, hacer, tener y parecer” que se intensifica en cada generación con una
presión insoportable y abusiva. Parafraseando a “Sexto sentido”: veo
gente muerta corriendo de un lado a otro, con la sonrisa pintada en la cara, el
cuerpo agotado y el corazón vacío.
Es difícil
evaluar los condicionamientos de la sociedad porque estamos inmersos en ellos y forman tan parte de nuestras vidas
que los consideramos normales, pero en algún momento es necesario detenernos y
apreciar: ¿en qué estamos involucrados?, ¿es verdaderamente lo que deseamos?,
¿tenemos tiempo para nosotros?, ¿vale la pena tanta lucha para lo que estamos
obteniendo?; si la excusa son los hijos, ¿ese es el mundo que queremos para
ellos?, ¿son felices?, ¿valorarán tanto esfuerzo o querrán otro trayecto
finalmente?
¿Adónde nos
conduce tanto movimiento?
Con los ojos en la meta, nos perdemos del camino y, cuando llegamos (si
llegamos, porque el objetivo siempre se corre), puede que nos demos cuenta de
que nos perdimos también a nosotros mismos. Esta es una carrera del
Ego y de los viejos tiempos que se niegan a dejar el control. En
medio de un despertar de la espiritualidad en una nueva Energía, la ilusión de
materialidad se hace más poderosa y quiere su tributo.
Quizás, estés
pasando por un período de limpieza en todo sentido, de replanteos profundos, de
crisis existencial, en que anhelas una conexión real y verdadera, en que
necesitas escucharte, en que la interioridad te reclama. Hazte
caso. Tu Ser te está llamando, visionando un nuevo mundo. Es
tan absolutamente personal, original, auténtico que nada del afuera puede
reemplazarlo. Baja la velocidad, entrena la conciencia, no te exijas,
aprecia el panorama total de tu vida. Eres lo que estás buscando.
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Laura Foletto
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viernes, 16 de septiembre de 2016
La inagotable susceptibilidad del Ego
Cuando era joven,
una mirada o un tono desaprobatorio me podían arruinar el día. Si un
grupo se reía a mi espalda, creía que era por mí. Cuando no me invitaban
a algún lado, era porque yo era mala o no me lo merecía. Tenía que ser
perfecta para que me quisieran. Está de más decir que la mayoría de todo
esto estaba en mi imaginación, mejor dicho en la imaginación de mi Ego.
La susceptibilidad
del Ego es infinita porque, por definición, es incompleto, imperfecto, en
construcción y, por lo tanto, inseguro, desconfiado, en búsqueda de aprobación
y reconocimiento. Por eso, cualquier agravio, cierto o fantaseado, es
considerado un ataque y respondido con una defensa y/o una huida.
Requiere una gran dosis de consciencia y valor comprender esto.
Generalmente,
nos identificamos con el Ego y lo protegemos a capa y espada, sin darnos cuenta
de que estamos defendiendo lo que más daño nos hace. Creemos que los demás nos quieren perjudicar
(son solo espejos) pero, en realidad, somos nosotros mismos los que nos lastimamos
una y otra vez, prisioneros de pautas infantiles.
Una paciente me
contaba que una compañera de trabajo, en una pausa de café en grupo, había
hecho un comentario insultante (según ella) de una de sus actitudes habituales
(es malhumorada) y había querido responderle con saña (como había hecho antes)
pero, esta vez, había decidido callarse e irse. Todavía estaba un poco
enojada y no entendía muy bien la razón por la que se había
retirado. Le pregunté: “¿Por qué supones que todos te atacan, que la gente
está en tu contra?”. Se quedó pensando y me dijo: “No sé si esto es
cierto, es lo que yo creo (de creer y de crear, agrego yo). En el
fondo, soy insegura, creo que no sirvo, que no puedo un montón de cosas, así
que, cuando me hacen notar algo negativo de mí, ataco. Y después le sigo
dando vueltas al asunto en mi cabeza, recriminándome porque se dieron cuenta de
mi debilidad. Es un círculo vicioso.”
“¿Y por qué no
respondiste esta vez?”. “Me estoy dando cuenta de que vivo defendiendo lo
peor de mí, gastando energía en sostener una imagen que en verdad no me gusta,
que así no crezco. Ahora que digo esto, me viene un recuerdo de la
escuela en el que hacía lo mismo. Me la paso tratando de ocultar lo
“malo” y así lo hago más grande, no termina nunca. El otro día, cuando me
fui sin contestar, después me sentí mejor conmigo, como que me había
fortalecido. Lucho para no mostrarme vulnerable y, sin embargo, eso
justamente es lo mejor de mí. ¡Ah, el Ego! Si se pudiera
destruir…”. “Error, le contesté, el Ego se sana, no se elimina”.
El Ego es un
instrumento, es una fase que nos permite la conexión con el Ser, teniendo un
nombre, una personalidad, ciertos roles, determinados aprendizajes. Cada vez que afrontamos las
“debilidades”, que encontramos sus enseñanzas y las ayudamos a crecer,
potenciamos ese magnífico diseño original que traemos. Una de las cosas
interesantes de Diseño Humano es que afirma que el Ego es un Centro que
motoriza la fuerza de voluntad, la autoestima, el valor, la supervivencia… y
que solamente un 30% de la humanidad lo tiene Definido. Esto quiere
decir que el otro 70% está sujeto a toda clase de condicionamientos al respecto
y que está aprendiendo sobre estos temas. Viendo cómo estamos, es
bastante cierto…
En una sociedad
manejada por Egos enfermos, infantiles, inseguros, que aspiran a Tener para Ser,
que venden Perfección para Parecer y Materialismo para Pertenecer, nos
quedamos en la superficie, nos debilitamos al esconder en lugar de aceptar para
evolucionar. Todos traemos un maravilloso potencial de recursos y
aprendizajes, del que generalmente somos inconscientes. Conocernos y
actuar de acuerdo a esa matriz, lo hace más sencillo y pleno. Nadie es
perfecto, nadie tiene todo solucionado, nadie lo sabe todo ni lo puede todo y,
sin embargo, en esa imperfecta incompletitud, somos todo, somos una Unidad.
Las paradojas de la Verdad…
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Laura Foletto
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martes, 6 de septiembre de 2016
Aceptar la decepción y la tristeza... Aceptarnos...
En medio de tantas
potentes efusiones de energía, muchos sueños han caído y muchas ilusiones se
han desvanecido. El panorama que podríamos haber previsto hace años no es
el que se presenta. Planificamos, creímos, visualizamos, trabajamos, hicimos
todo para que se concrete pero no sucedió… y duele intensamente…
Una relación de
amigos, un matrimonio, un puesto ansiado, un emprendimiento, una muerte
repentina, una promesa, un viaje soñado, un proyecto largamente elaborado, una
situación de vida imaginada, un estado idealizado, el fin de una etapa,
cualquier cosa pequeña o enorme en la que hemos puesto lo mejor y lo peor de
nosotros (todo nos constituye) se viene abajo. Puede caer como un rayo o
irse mostrando poco a poco, mientras forcejeamos por detenerlo sin resultado,
pero la realidad es esta, esto es lo que hay.
En una sociedad
que niega la muerte, cuesta hacer el duelo. Tenemos que estar bien, seguir adelante, mostrarnos positivos,
decir palabras sabias y puede que lo consigamos, que sepultemos la tristeza, la
frustración, el desencanto, el dolor, en el fondo de la mente y el corazón por
poco o mucho tiempo, pero en algún momento surgirá, imparable y formidable como
un geiser, como un terremoto.
¿Cómo
afrontarlo, cómo transitarlo?
Los demás, que se ven reflejados en la decepción y el sufrimiento, tratarán de
levantarnos y hacer como si nada sucediera (o se alejarán porque no lo
soportan). Pero no hay nada de malo en ello. ¿Por qué
debemos estar bien todo el tiempo, por qué esta necesidad de sonreír constantemente,
de mostrar una máscara de éxito y superación? Hace mucho, un
director de cine europeo contó que su productor norteamericano, cuando se
saludaban y él le preguntaba cómo estaba, siempre le respondía: “¡¡súper bien,
maravillosamente!!”, seguido de una sonora risa. Este director, que había
pasado por muchos avatares y que vivía en una zona que había sobrevivido a
tantas cosas, se mostraba sorprendido e intrigado: “¿Es que jamás le pasa algo,
que nada lo afecta?”. Parece que hemos seguido la escuela norteamericana…
El fracaso puede
ser un gran maestro. Es más, puede bajarnos del Ego de un plumazo y
acercarnos a la profundidad e integridad del Ser. La melancolía y la
tristeza pueden ser el caldo de cultivo de una creatividad desconocida para
nosotros. La decepción y la desilusión pueden volvernos humildes y
compasivos y abrirnos nuevas puertas. No se trata de vivir en el
sufrimiento sino de aceptar que nos sucederá en algún momento y que podemos
atravesarlo sin huir, sin llenarnos de pastillas, sin enmascararnos, sin
desensibilizarnos, sin destruirnos.
La palabra es “aceptación”.
La confundimos con resignación, sometimiento, renunciación o conformismo pero
verdaderamente se trata de dejar de luchar y pelearnos con nosotros
mismos.
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Laura Foletto
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martes, 30 de agosto de 2016
Acumular sin incorporar ni accionar
La semana pasada,
leí dos artículos diametralmente opuestos que me hicieron reflexionar. El
primero fue acerca de hacer espacio, tirando todo lo que no se usa o ya cumplió
su ciclo o no sirve, con la idea de que, haciendo vacío, vendrá lo nuevo.
El otro era de un hombre en sus cincuenta, que veía azorado como la gente
tiraba o remplazaba las cosas constantemente, mientras él había sido criado en
el guardar, reciclar, cuidar, en la durabilidad.
Por mi edad,
comprendo y acuerdo con el último: cambio los aparatos cuando ya son inútiles o
no concuerdan con la tecnología usual, guardo cosas “por si” las necesitaré en
el futuro, me encariño con ropa que me resulta cómoda, me molesta el derroche y
el desperdicio. Por otro lado, tengo períodos en los que regalo la mitad
de las cosas porque no las uso o quiero espacio. Las dos tendencias viven
en mí, como en la mayoría supongo.
Lo que me hizo
pensar fue el tema de estar constantemente tirando para que vengan cosas nuevas
porque me pareció más bien una expresión “espiritualizada” del consumismo
que vivimos actualmente. Desde el comienzo de la era industrial, en
la que acabó lo artesanal, todo se ha vuelto prescindible y usable solo por un
corto período, ya que es necesario continuar con la interminable cadena de
producción. En el primer mundo, en Estados Unidos y Europa, es común
renovar cada año el guardarropa y comprar el último auto y aparato tecnológico
disponible (sin contar con los acumuladores, que no se despegan de nada).
¿Es una actitud
solamente en lo material? Parece que no, ya que las personas
también nos hemos vuelto prescindibles y usables por un rato, desde los empleados
que se “queman” en exigentes jornadas de programadas actividades implacables
(ahora más mentales que físicas, pero igualmente estresantes para el cuerpo)
hasta relaciones que se terminan pronto porque no “me da lo que necesito” ni se
llega a profundizar para encontrar el oro detrás del brillo evanescente.
Esta es una
sociedad profundamente egoica, Dios ha muerto hace tiempo y el Hacer reina, ya
no le importa Ser a nadie.
Esto no es gratuito, por supuesto. La depresión, la angustia, el pánico,
la inseguridad, la falta de sentido, la desconexión (a pesar de estar
“conectados” continuamente) son el resultado de ser un cliente, un usuario, un
eslabón de la cadena, un número más. Ansiamos ser alguien que cuenta,
especiales, importantes y nos han vendido que eso se logra comprando
determinados productos y/o siendo famosos por cinco minutos, no importa cómo
(comenzando con los Likes y Retweets). Me asusta verlo en muchos
jóvenes, que corren detrás de ilusiones, queriendo conseguirlo “todo” antes de
los 30 (¿qué harán después?).
Aclaro que no
creo que todo tiempo pasado fue mejor. Vivo en el presente y aprecio lo que hemos logrado como humanos,
no cambiaría esta época por nada. Pocas veces ha habido tantas
posibilidades, tanta conciencia, tanta transformación y me encanta. Pero,
ante tanto cambio acelerado y manipulado, es necesario parar un poco,
reflexionar y elegir. Así como compramos cosas por impulso o por
publicidad, compramos ideas y no siempre nos sirven ni nos ayudan.
Hay un mercado
espiritual enorme y tenemos la misma conducta que con lo material: cuanto
más tenemos, parece que más somos. Para colmo, casi todo es mental o
“espiritual” sin cuerpo, por lo que terminamos creando castillos en el aire sin
sustentos reales. Pasamos de un libro a un taller a un curso a un
terapeuta a otro libro a otro taller… La acumulación no siempre significa
comprensión ni menos concreción: muchas veces es teoría que no pasa a la
acción. Y eso significa una carga más, porque sabemos mucho pero
seguimos en lo de siempre, así que la frustración es mayor.
No tengo una
conclusión. Es material en proceso. Como la vida… Como
yo… Me pareció interesante compartir algunos conceptos para plantearnos
cómo estamos viviendo y qué podemos construir juntos, desde un espacio más
libre, auténtico y enraizado en la integración de todo lo que somos.
Queremos “hacer” algo para dejar de sentir y ser perfectos como quiere el
Ego. Cuesta aceptarnos en la vulnerabilidad, en la ignorancia, en la
duda, en lo inconcluso, en el misterio, en la inseguridad, en la oscuridad,
pero eso es ser humanos divinos. Confiar en ese Ser sagrado que
también somos y que puede guiarnos por caminos sinuosos también cuesta, pero es
la vía luminosa.
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Laura Foletto
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miércoles, 17 de agosto de 2016
Emoción infantil/mente condicionada: ¿quién eres tú?
“¿Cambian mis
emociones si cambio mi mente?” me pregunta una consultante. Sí y
no. Nuestras emociones son producto de nuestro temperamento, de nuestra
infancia, de nuestras ideas, de nuestra evolución.
Ya traemos un
combo de emociones que corresponden a nuestra impronta, en el cual algunas son
más “fáciles” y surgen primero (enojo, tristeza, alegría fingida, etc.). Por ejemplo, cuando
algo los moviliza, algunos responden inmediatamente con ira y esta ira oculta
el dolor que no pueden percibir o mostrar. Hay personas más emocionales
que otras y hay quienes pueden manejarlo más conscientemente que otros.
Por otro lado, la
emocionalidad es infantil en el sentido de que repetimos aquello que pudimos
administrar o no cuando fuimos niños. La mayoría de lo que somos se
cristalizó en los primeros siete años de vida, así que la manera en que
procesamos la emoción se formó en ese tiempo. Si tuvimos contención y
ejemplo, habremos gestionado con mayor facilidad lo que sentíamos pero, si
nuestros padres daban rienda suelta a cualquier impulso o si se reprimían,
habremos visto dificultado el acceso a su percepción y resolución. De
esta forma, si no elaboramos esta dificultad y no aprendemos recursos
sensibles, seguiremos reproduciendo exactamente la misma forma de reaccionar a
cualquier situación que nos plantee algo parecido a lo que vivimos: “le tengo
miedo al jefe cuando no le gusta mi trabajo” es la expresión inconsciente de
“le tengo miedo a mi papá cuando me saco una mala nota en la escuela”.
Nuestra mente es
lo más condicionado que tenemos. Mientras el cuerpo está vinculado a distintas instancias (el
instinto, la intuición, la conexión sagrada, las emociones auténticas), la
mente está totalmente colonizada por nuestros padres, la familia, la escuela,
la sociedad, la publicidad, la religión, etc. Se necesita un largo
proceso de conciencia para liberar ideas enquistadas y comenzar a crear un
pensamiento propio y genuino. Por eso, nuestras emociones (que
generalmente están atadas a esas ideas preconcebidas) pueden cambiar si giramos
el timón hacia otro rumbo. Si siempre sostuvimos una cierta exigencia
acerca de nosotros y no la alcanzamos, sentiremos frustración y enojo pero, si
nos damos cuenta de que eso era un deseo de nuestra madre que no nos representa
ahora y optamos por otro modelo más legítimo, entonces sentiremos paz y
alegría.
La evolución no
es seguir un molde vendido por la sociedad o por ciertos grupos (por más bienintencionados que sean).
Cuando nos forzamos a ser de una determinada forma, escondiendo o rechazando
partes de nosotros, inevitablemente presenciaremos el estallido emocional de
esa presión constante (a veces como enfermedad, otras como “accidente”, otras
como crisis existencial). A medida que vamos trabajando en la aceptación
y la integración de nosotros mismos, vamos refinando nuestra energía emocional,
la cual tiene un poder y un potencial enormes.
Como humanidad,
recién estamos tratando de comprender y manejar esta fuerza. Cuando la mente
aprenda a dejarse llevar (en lugar de controlar, como ahora), la conciencia
emocional será la conciencia del Espíritu y viviremos guiados y conectados a
Él.
Según el Diseño Humano, la
mitad de los seres (los Emocionales Definidos)
están condicionados por la Ola emocional (que no perciben ni entienden su
funcionamiento) y la otra mitad (los Sin Definir) está influenciada por ellos y
no están preparados para manejarlo. En principio, está en manos de los
Emocionales trabajar en refinar su energía y aportar mejores niveles de
bienestar, serenidad, desapego, alegría y amor. Es fácil decirlo y
difícil hacerlo, pero con paciencia es posible hallar esa fuente de vitalidad
tan rica y variada. Cuanto más conozcamos nuestra particular forma de ser y
actuar, más condicionamientos podremos liberar y más paz y plenitud
encontraremos interior y exteriormente.
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martes, 2 de agosto de 2016
Elige la felicidad
“Chiste” dicho
por una mujer que hace stand up: “yo siempre he tenido relaciones muy sufridas,
llenas de problemas y contratiempos, celos, baja autoestima, de todo lo que se
les ocurra. Hasta que un día, de repente, apareció un tipo con el que las
cosas funcionaban, nos divertíamos, la vida era fantástica. Pero, resulta
que me sentía perdida, no estaba acostumbrada. No sé qué hacer cuando
todo es felicidad. Él sí sabía… me dejó…”.
La verdad es que
estamos tan habituados a vivir mal que no sabemos vivir bien. Es un
aprendizaje. La conciencia es la gran ayuda. En lugar de vivir dormidos y reactivos, quejándonos y
resignándonos, podemos poner luz en cada acto, en cada encuentro, en cada
emoción, para evaluar los mandatos y traumas que arrastramos, a fin de sanarlos
y reemplazarlos por ideas y actitudes que nos den plenitud y armonía, que
liberen el potencial que traemos, que movilicen nuevos caminos, que nos
relacionen amorosamente.
Desde hace
cientos de años, ha habido una sobrevaloración del sufrimiento (cuanto
más sufridos, más valiosos los logros), la lucha y el esfuerzo. En los
tiempos recientes, esta trascendencia ha tenido su contrapeso en un facilismo
pueril y consumista, de disfrutar hoy sin importar el mañana. Faltos
de una guía interna espiritual, todo se diluye en la materialización urgente
que brinde algún placer o sentido.
Tanto en una como
en otra visión, lo más común es sentir culpa: por no ser lo que
deberíamos ser, por habernos equivocado, por no cumplir con las implacables
expectativas, por sentirnos vacíos a pesar de tener todo, por lo que sea.
Esta “costumbre” judeo-cristiana nos ha sido transmitida en los genes y reclama
su tributo: la culpa exige castigo. Si te parece que te has
salvado de su larga mano… mira mejor: muchas de tus imposibilidades nacen de
eso.
Esta sociedad
no nos enseña a ser felices, responsables, creativos, alegres, abundantes, en
la forma que cada uno quiere y puede. Está llena de modelos rígidos, homogeneizados e idealizados y margina al
que no llega o es distinto. En lugar de propiciar la libertad para que
cada uno busque sus propias experiencias de acuerdo a su diseño y aprenda de
los inevitables errores en el camino, lo juzga y lo sanciona. No nos
tomamos el tiempo de revisar lo que sirve y lo que no; de adecuarnos al presente;
de fundar una nueva interpretación de acuerdo a lo que somos ahora; de diseñar
cómo deseamos vivir, relacionarnos, trabajar, amar.
Este es el
tiempo. Deja de correr, encandilado por objetivos externos.
Respira, cálmate un momento, mira adentro, pide asistencia a tu Ser.
Cambia tus prioridades y valores; aprecia la alegría y la simplicidad; pon el
aprendizaje constante como un camino valioso; ábrete al amor y la abundancia;
fíate en que el Universo es amable y te sostiene; confía en que ya eres y tienes
lo que necesitas para lograr tus metas del corazón; conéctate como el ser
espiritual y luminoso que eres a Todo Lo Que Es. ¡Qué enorme diferencia con
el Ego y sus limitaciones y faltas! ¿Cambias tu mundo para cambiar el
mundo? Aquí estoy para acompañarte.
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Laura Foletto
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martes, 26 de julio de 2016
Desempoderado o con el Poder del Amor
“Sabes,
todas las cosas que supuestamente “sufro” se han convertido, en realidad, en
una enorme ventaja. Hablo de raza y discapacidad. Se supone que son factores
negativos en nuestra sociedad, pero son precisamente las cosas que me han
liberado”. Esto lo expresó un artista negro, discapacitado por un
accidente.
Los
lugares en donde nos paramos para vernos son cruciales. Acostumbrados a
victimizarnos, solemos tomar nuestras “debilidades” para identificarnos.
Somos los raros, los enfermos, los sensibles, los golpeados, los alcohólicos,
los sufridos y los muchos etcéteras involucrados en raza, género, origen
social, status económico, problemas físicos, traumas infantiles, etc. Es
interesante que, como sociedad, adoremos y persigamos modelos de perfección y,
en lo interno, nos sintamos imperfectos e incorrectos.
En
general, no hemos recibido una educación a través de la cual podamos
reconocer y apreciar nuestras fortalezas, dones y cualidades, a la vez que
aceptamos nuestras debilidades, carencias y limitaciones como posibilidades de
transformación y aprendizaje. Al contrario, tendemos a ocultar y
proyectar éstas últimas, mientras damos por sentado las primeras, sin
valorarlas debidamente.
Me
pasa frecuentemente que les pregunto a los pacientes acerca de las
virtudes que poseen y se quedan mudos; no pueden nombrar más de un par de
cosas, las cuales además consideran poco estimables. Cuando les menciono
algunas, no las reconocen o les ponen objeciones. En cambio, es posible
que nombren defectos sin parar, casi con satisfacción. Parece que
siempre somos poco, menos, inadecuados. Algunos pasan de la inferioridad
interna a la superioridad externa: se muestran como los mejores, son
orgullosos, insensibles, perfeccionistas, soberbios, alardean de sus rasgos y
de sus producciones… para compensar consciente o inconscientemente lo que
sienten.
¿A
qué se debe esta extendida plaga de no valoración? A muchas razones. Además
de Niños Internos que continúan jugando su juego, quiero mencionar un factor
que atraviesa lo personal y lo social: el Poder. Según como está
instalado, el poder es una fuerza dominante, en el sentido de ser ejercido
sobre otros. Así tenemos el clásico dúo “víctima/victimario”
en sus múltiples variantes, tanto en lo familiar, lo sexual, lo político, lo social,
lo religioso, etc. A pesar de que tendemos a creer que el victimario es
el que tiene el poder, generalmente esta relación esconde un reparto
inconsciente del mismo y/o una necesidad mutua: no hay uno sin otro.
¿Por
qué es posible esta relación? Porque ambos desconocen el propio poder,
el que tienen por derecho natural, el que es esencial a su ser. Esos
juegos en los que nos involucramos delatan la falta de poder interno o, mejor
dicho, la falta de reconocimiento del mismo. Cuando sabemos quiénes
somos, cuando podemos apreciar nuestras cualidades y trabajar en nuestras
carencias, cuando aceptamos que tenemos el poder de ser y hacer, de elegir y de
crear, nos paramos en el verdadero lugar.
¿Cuál
es el juego que reemplaza al del Poder? El del Amor, el del Poder del Amor. Esta semana, un
paciente que tiene muy poca autoestima, producto de un padre omnipresente y
autoritario, me discutía constantemente. Le hice notar que me estaba
poniendo en lugar del padre, que estaba suponiendo que debía rechazarme y
pelearme para ser él, porque creía que yo lo avasallaría con mis ideas (como lo
hizo su padre). Le dije: “yo no estoy en tu contra, estoy a tu
favor. Yo no quiero que pienses como yo, sino que aprendas a pensar por
ti mismo. Yo no quiero tener poder sobre ti, sino que tú encuentres tu
propio poder. Yo no estoy sobre ti, estoy contigo”.
Publicado por
Laura Foletto
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16:12
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