lunes, 4 de octubre de 2010

¿Distingues limitación de límite?

Últimamente, he observado la fuerza que tienen estas dos actitudes. Sobre todo, cuando son mal entendidas. Así que comenzaré definiéndolas. Tomando prestado del Encarta, limitación es una imposición en lo que se dice o se hace, con renuncia voluntaria o forzada a otras cosas posibles o deseadas. ¡Qué interesante! Se me ocurre que esas renuncias vienen de largo tiempo, muchas son parte de la Humanidad, otras son familiares. A todas las hemos internalizado y, en general, las llamamos… YO.

Somos una colección de limitaciones varias, algunas aceptadas a regañadientes, otras ni siquiera concientizadas, muchas consideradas normales, lo que se espera de uno, lo que es “ser humano”, Ego en realidad. Hemos dejado lo posible o deseado en el rincón de los sueños, previendo que el mundo no nos dejará, a menos que luchemos denodadamente. O, como mucho, buscamos correr la restricción de lo material, deseando tener más, poseer tanto que tape la insatisfacción y la frustración, que nos haga creer que somos lo que tenemos.

Solemos confundir esta limitación lamentable con los límites. Lo primero que se me ocurre es que un límite propicio es la piel. Nos contiene y nos protege. Y creo que ésa es la función principal de cualquier límite. Charlando este tema con un paciente, le comenté que es como si dejara a alguien en medio de la soledad de la pampa y le ordenara que hiciera “algo”. ¿Qué?? En cambio, si le dijera que caminara dos kilómetros observando y luego dibujara el paisaje, podría hacerlo bien o mal, negarse y hacer otra cosa, lo que sea, pero tendría un contexto. Mi paciente añadió que, cuando entramos en un restaurante vacío, nos cuesta elegir adónde sentarnos, ya que no hay parámetros con respecto a otros.

Se dice mucho que los niños y adolescentes de hoy están necesitados de límites. Es cierto. El problema es que nadie se los quiere poner, sobre todo los padres. Sobre todo cuando son muy chiquitos. Los pueden “traumar”. En mi experiencia, es al contrario. Un niño los reclama a los gritos, a lágrima viva. Los adolescentes, a su forma, también. El inconveniente es que muchos padres necesitan ser queridos o desean ser amigos de los hijos o aspiran ser dejados en paz o tienen culpas o no saben o lo que sea. Ser padres es hacer lo que se debe hacer para proteger y abrazar, porque eso es un límite: un abrazo que contiene. Si eso cae mal o no es comprendido o se rebelan, que así sea, pero se debe poner en claro que eso significa que sus padres los están cuidando. Las consecuencias de lo que no se hace en los primeros años se desencadena después y es muchísimo más duro que querer encauzar al principio.

No sólo ellos necesitan límites. Los adultos también o, mejor dicho, los Niños Internos de ellos. Me está pasando mucho con pacientes, a los que pongo límites claros y firmes, que responden inmediatamente encaminándose hacia su Ser y traspasando una limitación tras otra. De eso se trata. Este tiempo es acerca de correr la limitación de la dualidad y la carencia de toda clase. Esclavizados mentalmente, somos como corderitos en un redil: balamos lastimeramente la libertad perdida pero no tomamos conciencia de que la puerta está abierta.

Finalmente, es un asunto de libertad de elección, de darnos cuenta de que poseemos recursos y potenciales ilimitados para crear lo que soñamos y de que el Universo está listo para ayudarnos a lograrlos. Y lo hacemos desde el Ser, que es inconmensurable, inagotable e interminable.

Cuando menciono esto, surgen los miedos a no ser adecuados, preparados, aptos, merecedores, resistentes. Todo está hecho a nuestra medida. Nada será más grande que nosotros y nuestras capacidades. Por otro lado, Dios/Diosa desea lo que deseamos. Y su Gracia es presencia divina cuando la necesitemos.


Lo que más me maravilla a medida que voy traspasando limitaciones, contenida por mis amorosos límites, es que cada vez aparecen más y más situaciones que me despliegan y que involucran a tantos otros. Es una onda expansiva portentosamente luminosa. ¿La sientes?