jueves, 22 de septiembre de 2016

La insoportable presión por la carrera de vivir

Un niño nace y, a los pocos meses, está en una guardería, luego en un jardín de infantes, una primaria, una secundaria, una universidad, un trabajo: una vida entera de horarios y exigencias.  Creemos que hemos escapado de la esclavitud pero parece que ha tomado nuevos ropajes…

¿Lo vemos en detalle?  Desde que llegan, los niños están “estimulados” para aprender cada vez más rápido y adaptarse a su entorno éxitosamente, con juegos, prácticas, aparatos (que actúan como chupetes electrónicos), etc.  A medida que avanzan en su educación (que debe ser en los mejores colegios, para tener mejores oportunidades en el futuro), hacen actividades adicionales porque, como son como esponjas, tienen que absorber todo lo posible.  Está de más decir que las ofertas de publicidad para consumo de la sociedad capitalista comienza en el nacimiento y termina en la muerte: es omnipresente.

La pubertad y la adolescencia, períodos difíciles si los hay, están perturbados no solo por la normal crisis del crecimiento sino también por conductas de falsa adultez como el sexo temprano, el alcohol, las drogas, los comportamientos riesgosos, la falta de límite y el amiguismo de los padres y otros etcéteras que los complican más.

En los trabajos, a medida que pasa el tiempo, se van duplicando las exigencias de estudios, labores, horas, obligaciones extras, rendimiento, hasta el punto que ciertos puestos parecen fusibles, en los que se quema al empleado para luego reemplazarlo por uno nuevo.

La mujer, “ganadora” de nuevos espacios, no solo debe ser perfecta esposa, amante y madre, también debe ser perfecta trabajadora y perfecta mujer (hermosa, delgada, con estilo, con intereses propios, cuidadora de padres ancianos, pilar de la comunidad).  ¿Algo más?

No se salvan los adultos mayores porque ahora tienen que ser jóvenes hasta la muerte, nadie quiere parecer de su edad y la famosa sabiduría, armonía y calma de la vejez (¡palabra horrorosa!) es un asunto del pasado justamente.



Obviamente, en estos años hemos avanzado en muchísimas cosas y no las descarto ni las minimizo.  Solo quiero ayudarte a reflexionar sobre esta vorágine de “deber ser, hacer, tener y parecer” que se intensifica en cada generación con una presión insoportable y abusiva.  Parafraseando a “Sexto sentido”: veo gente muerta corriendo de un lado a otro, con la sonrisa pintada en la cara, el cuerpo agotado y el corazón vacío. 

Es difícil evaluar los condicionamientos de la sociedad porque estamos inmersos en ellos y forman tan parte de nuestras vidas que los consideramos normales, pero en algún momento es necesario detenernos y apreciar: ¿en qué estamos involucrados?, ¿es verdaderamente lo que deseamos?, ¿tenemos tiempo para nosotros?, ¿vale la pena tanta lucha para lo que estamos obteniendo?; si la excusa son los hijos, ¿ese es el mundo que queremos para ellos?, ¿son felices?, ¿valorarán tanto esfuerzo o querrán otro trayecto finalmente?

¿Adónde nos conduce tanto movimiento?  Con los ojos en la meta, nos perdemos del camino y, cuando llegamos (si llegamos, porque el objetivo siempre se corre), puede que nos demos cuenta de que nos perdimos también a nosotros mismos.  Esta es una carrera del Ego y de los viejos tiempos que se niegan a dejar el control.  En medio de un despertar de la espiritualidad en una nueva Energía, la ilusión de materialidad se hace más poderosa y quiere su tributo. 


Quizás, estés pasando por un período de limpieza en todo sentido, de replanteos profundos, de crisis existencial, en que anhelas una conexión real y verdadera, en que necesitas escucharte, en que la interioridad te reclama.  Hazte caso.  Tu Ser te está llamando, visionando un nuevo mundo.  Es tan absolutamente personal, original, auténtico que nada del afuera puede reemplazarlo.  Baja la velocidad, entrena la conciencia, no te exijas, aprecia el panorama total de tu vida.  Eres lo que estás buscando.

viernes, 16 de septiembre de 2016

La inagotable susceptibilidad del Ego

Cuando era joven, una mirada o un tono desaprobatorio me podían arruinar el día.  Si un grupo se reía a mi espalda, creía que era por mí.  Cuando no me invitaban a algún lado, era porque yo era mala o no me lo merecía.  Tenía que ser perfecta para que me quisieran.  Está de más decir que la mayoría de todo esto estaba en mi imaginación, mejor dicho en la imaginación de mi Ego.

La susceptibilidad del Ego es infinita porque, por definición, es incompleto, imperfecto, en construcción y, por lo tanto, inseguro, desconfiado, en búsqueda de aprobación y reconocimiento.  Por eso, cualquier agravio, cierto o fantaseado, es considerado un ataque y respondido con una defensa y/o una huida.  Requiere una gran dosis de consciencia y valor comprender esto.

Generalmente, nos identificamos con el Ego y lo protegemos a capa y espada, sin darnos cuenta de que estamos defendiendo lo que más daño nos hace.  Creemos que los demás nos quieren perjudicar (son solo espejos) pero, en realidad, somos nosotros mismos los que nos lastimamos una y otra vez, prisioneros de pautas infantiles.

Una paciente me contaba que una compañera de trabajo, en una pausa de café en grupo, había hecho un comentario insultante (según ella) de una de sus actitudes habituales (es malhumorada) y había querido responderle con saña (como había hecho antes) pero, esta vez, había decidido callarse e irse.  Todavía estaba un poco enojada  y no entendía muy bien la razón por la que se había retirado.  Le pregunté: “¿Por qué supones que todos te atacan, que la gente está en tu contra?”.  Se quedó pensando y me dijo: “No sé si esto es cierto, es lo que yo creo (de creer y de crear, agrego yo).  En el fondo, soy insegura, creo que no sirvo, que no puedo un montón de cosas, así que, cuando me hacen notar algo negativo de mí, ataco.  Y después le sigo dando vueltas al asunto en mi cabeza, recriminándome porque se dieron cuenta de mi debilidad.  Es un círculo vicioso.”

“¿Y por qué no respondiste esta vez?”.  “Me estoy dando cuenta de que vivo defendiendo lo peor de mí, gastando energía en sostener una imagen que en verdad no me gusta, que así no crezco.  Ahora que digo esto, me viene un recuerdo de la escuela en el que hacía lo mismo.  Me la paso tratando de ocultar lo “malo” y así lo hago más grande, no termina nunca.  El otro día, cuando me fui sin contestar, después me sentí mejor conmigo, como que me había fortalecido.  Lucho para no mostrarme vulnerable y, sin embargo, eso justamente es lo mejor de mí.  ¡Ah, el Ego!  Si se pudiera destruir…”.  “Error, le contesté, el Ego se sana, no se elimina”.



El Ego es un instrumento, es una fase que nos permite la conexión con el Ser, teniendo un nombre, una personalidad, ciertos roles, determinados aprendizajes.  Cada vez que afrontamos las “debilidades”, que encontramos sus enseñanzas y las ayudamos a crecer, potenciamos ese magnífico diseño original que traemos.  Una de las cosas interesantes de Diseño Humano es que afirma que el Ego es un Centro que motoriza la fuerza de voluntad, la autoestima, el valor, la supervivencia… y que solamente un 30% de la humanidad lo tiene Definido.  Esto quiere decir que el otro 70% está sujeto a toda clase de condicionamientos al respecto y que está aprendiendo sobre estos temas.  Viendo cómo estamos, es bastante cierto…


En una sociedad manejada por Egos enfermos, infantiles, inseguros, que aspiran a Tener para Ser, que venden Perfección para Parecer y Materialismo para Pertenecer, nos quedamos en la superficie, nos debilitamos al esconder en lugar de aceptar para evolucionar.  Todos traemos un maravilloso potencial de recursos y aprendizajes, del que generalmente somos inconscientes.  Conocernos y actuar de acuerdo a esa matriz, lo hace más sencillo y pleno.  Nadie es perfecto, nadie tiene todo solucionado, nadie lo sabe todo ni lo puede todo y, sin embargo, en esa imperfecta incompletitud, somos todo, somos una Unidad.  Las paradojas de la Verdad…

martes, 6 de septiembre de 2016

Aceptar la decepción y la tristeza... Aceptarnos...

En medio de tantas potentes efusiones de energía, muchos sueños han caído y muchas ilusiones se han desvanecido.  El panorama que podríamos haber previsto hace años no es el que se presenta.  Planificamos, creímos, visualizamos, trabajamos, hicimos todo para que se concrete pero no sucedió… y duele intensamente…

Una relación de amigos, un matrimonio, un puesto ansiado, un emprendimiento, una muerte repentina, una promesa, un viaje soñado, un proyecto largamente elaborado, una situación de vida imaginada, un estado idealizado, el fin de una etapa, cualquier cosa pequeña o enorme en la que hemos puesto lo mejor y lo peor de nosotros (todo nos constituye) se viene abajo.  Puede caer como un rayo o irse mostrando poco a poco, mientras forcejeamos por detenerlo sin resultado, pero la realidad es esta, esto es lo que hay.

En una sociedad que niega la muerte, cuesta hacer el duelo.  Tenemos que estar bien, seguir adelante, mostrarnos positivos, decir palabras sabias y puede que lo consigamos, que sepultemos la tristeza, la frustración, el desencanto, el dolor, en el fondo de la mente y el corazón por poco o mucho tiempo, pero en algún momento surgirá, imparable y formidable como un geiser, como un terremoto.

¿Cómo afrontarlo, cómo transitarlo?  Los demás, que se ven reflejados en la decepción y el sufrimiento, tratarán de levantarnos y hacer como si nada sucediera (o se alejarán porque no lo soportan).  Pero no hay nada de malo en ello.  ¿Por qué debemos estar bien todo el tiempo, por qué esta necesidad de sonreír constantemente, de mostrar una máscara de éxito y superación?   Hace mucho, un director de cine europeo contó que su productor norteamericano, cuando se saludaban y él le preguntaba cómo estaba, siempre le respondía: “¡¡súper bien, maravillosamente!!”, seguido de una sonora risa.  Este director, que había pasado por muchos avatares y que vivía en una zona que había sobrevivido a tantas cosas, se mostraba sorprendido e intrigado: “¿Es que jamás le pasa algo, que nada lo afecta?”.  Parece que hemos seguido la escuela norteamericana…

El fracaso puede ser un gran maestro.  Es más, puede bajarnos del Ego de un plumazo y acercarnos a la profundidad e integridad del Ser.  La melancolía y la tristeza pueden ser el caldo de cultivo de una creatividad desconocida para nosotros.  La decepción y la desilusión pueden volvernos humildes y compasivos y abrirnos nuevas puertas.  No se trata de vivir en el sufrimiento sino de aceptar que nos sucederá en algún momento y que podemos atravesarlo sin huir, sin llenarnos de pastillas, sin enmascararnos, sin desensibilizarnos, sin destruirnos.

La palabra es “aceptación”.  La confundimos con resignación, sometimiento, renunciación o conformismo pero verdaderamente se trata de dejar de luchar y pelearnos con nosotros mismos. 


 Como dijo Osho: “En el momento en que te aceptas como eres, te abres, te haces vulnerable, receptivo. En el momento en que te aceptas a ti mismo ya no hay necesidad de un futuro, porque no hay necesidad de mejorar nada. Entonces todo es bueno tal y como es. La vida empieza a adquirir un nuevo color, surge una música nueva con esa experiencia. Aceptarte a ti mismo equivale a empezar a aceptarlo todo. Si te rechazas, prácticamente rechazas el universo, la existencia. Si te aceptas, también aceptas la existencia y lo único que tienes que hacer es disfrutar. No queda ninguna queja, ningún resentimiento; te sientes agradecido. Entonces la vida es buena y también la muerte, la alegría es buena y también la tristeza, como lo es estar con la persona amada y estar a solas. Entonces, ocurra lo que ocurra es bueno, porque surge del todo. Pero llevamos siglos enteros condicionados para no aceptarnos a nosotros mismos. El hombre que despierta es el que se libra de la trampa de la sociedad, el que comprende que es un absurdo. No puedes mejorar. Y recuerda que no quiero decir que no se produzcan mejoras, sino que no puedes mejorarte a ti mismo. Cuando dejas de mejorarte a ti mismo, la vida te mejora. Al relajarte, al aceptarte, la vida empieza a acariciarte, a fluir dentro de ti. Acéptate como eres: eso es rezar. Acéptate como eres: eso es gratitud. Relájate en tu ser; así es como Dios quería que fueses. No te quería de ninguna otra manera, porque si no, te habría hecho otra persona. Te ha hecho tú y no otra persona. Intentar mejorarte equivale prácticamente a intentar mejorar a Dios, una estupidez que solo te llevará a enloquecer cada día más. No llegarás a ninguna parte y habrás perdido una gran oportunidad. Esto es lo que todo el mundo piensa en el fondo: «No tengo nada.» ¿Qué es lo que no tienes? Pero claro, nadie te ha dicho que tienes toda la belleza de todas las flores, porque el ser humano es la flor más grandiosa de la tierra, el ser más evolucionado. Pero sigues preguntando: «¿Qué tengo yo que ofrecer en el amor?». Debes de haber llevado una vida de autocensura, cargándote de culpa. En realidad, cuando alguien te ama, no te lo puedes creer.  «¿Cómo? ¿A mí? ¿Que alguien me quiere a mí?». Y surge la idea en tu mente: «Porque no me conoce, es por eso. Si llega a conocerme, si llega a ver cómo soy, no me querrá.» Por eso empiezan los amantes a ocultarse cosas. Se guardan muchas cosas para sí, no revelan sus secretos porque tienen miedo de que, en el momento en que abran su corazón, desaparecerá el amor, porque si no pueden amarse a sí mismos, ¿cómo concebir que los quiera otra persona? Acéptate, ámate, porque eres una creación de Dios. Llevas impresa la firma de Dios, y eres especial, único.”

martes, 30 de agosto de 2016

Acumular sin incorporar ni accionar

La semana pasada, leí dos artículos diametralmente opuestos que me hicieron reflexionar.  El primero fue acerca de hacer espacio, tirando todo lo que no se usa o ya cumplió su ciclo o no sirve, con la idea de que, haciendo vacío, vendrá lo nuevo.  El otro era de un hombre en sus cincuenta, que veía azorado como la gente tiraba o remplazaba las cosas constantemente, mientras él había sido criado en el guardar, reciclar, cuidar, en la durabilidad.

Por mi edad, comprendo y acuerdo con el último: cambio los aparatos cuando ya son inútiles o no concuerdan con la tecnología usual, guardo cosas “por si” las necesitaré en el futuro, me encariño con ropa que me resulta cómoda, me molesta el derroche y el desperdicio.  Por otro lado, tengo períodos en los que regalo la mitad de las cosas porque no las uso o quiero espacio.  Las dos tendencias viven en mí, como en la mayoría supongo.

Lo que me hizo pensar fue el tema de estar constantemente tirando para que vengan cosas nuevas porque me pareció más bien una expresión “espiritualizada” del consumismo que vivimos actualmente.  Desde el comienzo de la era industrial, en la que acabó lo artesanal, todo se ha vuelto prescindible y usable solo por un corto período, ya que es necesario continuar con la interminable cadena de producción.  En el primer mundo, en Estados Unidos y Europa, es común renovar cada año el guardarropa y comprar el último auto y aparato tecnológico disponible (sin contar con los acumuladores, que no se despegan de nada).

¿Es una actitud solamente en lo material?  Parece que no, ya que  las personas también nos hemos vuelto prescindibles y usables por un rato, desde los empleados que se “queman” en exigentes jornadas de programadas actividades implacables (ahora más mentales que físicas, pero igualmente estresantes para el cuerpo) hasta relaciones que se terminan pronto porque no “me da lo que necesito” ni se llega a profundizar para encontrar el oro detrás del brillo evanescente.



Esta es una sociedad profundamente egoica, Dios ha muerto hace tiempo y el Hacer reina, ya no le importa Ser a nadie.  Esto no es gratuito, por supuesto.  La depresión, la angustia, el pánico, la inseguridad, la falta de sentido, la desconexión (a pesar de estar “conectados” continuamente) son el resultado de ser un cliente, un usuario, un eslabón de la cadena, un número más.  Ansiamos ser alguien que cuenta, especiales, importantes y nos han vendido que eso se logra comprando determinados productos y/o siendo famosos por cinco minutos, no importa cómo (comenzando con los Likes y Retweets).  Me asusta verlo en muchos  jóvenes, que corren detrás de ilusiones, queriendo conseguirlo “todo” antes de los 30 (¿qué harán después?).

Aclaro que no creo que todo tiempo pasado fue mejor.  Vivo en el presente y aprecio lo que hemos logrado como humanos, no cambiaría esta época por nada.  Pocas veces ha habido tantas posibilidades, tanta conciencia, tanta transformación y me encanta.  Pero, ante tanto cambio acelerado y manipulado, es necesario parar un poco, reflexionar y elegir.  Así como compramos cosas por impulso o por publicidad, compramos ideas y no siempre nos sirven ni nos ayudan. 

Hay un mercado espiritual enorme y tenemos la misma conducta que con lo material: cuanto más tenemos, parece que más somos.  Para colmo, casi todo es mental o “espiritual” sin cuerpo, por lo que terminamos creando castillos en el aire sin sustentos reales.  Pasamos de un libro a un taller a un curso a un terapeuta a otro libro a otro taller…  La acumulación no siempre significa comprensión ni menos concreción: muchas veces es teoría que no pasa a la acción.  Y eso significa una carga más, porque sabemos mucho pero seguimos en lo de siempre, así que la frustración es mayor. 


No tengo una conclusión.  Es material en proceso.  Como la vida…  Como yo…  Me pareció interesante compartir algunos conceptos para plantearnos cómo estamos viviendo y qué podemos construir juntos, desde un espacio más libre, auténtico y enraizado en la integración de todo lo que somos.  Queremos “hacer” algo para dejar de sentir y ser perfectos como quiere el Ego.  Cuesta aceptarnos en la vulnerabilidad, en la ignorancia, en la duda, en lo inconcluso, en el misterio, en la inseguridad, en la oscuridad, pero eso es ser humanos divinos.   Confiar en ese Ser sagrado que también somos y que puede guiarnos por caminos sinuosos también cuesta, pero es la vía luminosa.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Emoción infantil/mente condicionada: ¿quién eres tú?

“¿Cambian mis emociones si cambio mi mente?” me pregunta una consultante.  Sí y no.  Nuestras emociones son producto de nuestro temperamento, de nuestra infancia, de nuestras ideas, de nuestra evolución.

Ya traemos un combo de emociones que corresponden a nuestra impronta, en el cual algunas son más “fáciles” y surgen primero (enojo, tristeza, alegría fingida, etc.).  Por ejemplo, cuando algo los moviliza, algunos responden inmediatamente con ira y esta ira oculta el dolor que no pueden percibir o mostrar.  Hay personas más emocionales que otras y hay quienes pueden manejarlo más conscientemente que otros.

Por otro lado, la emocionalidad es infantil en el sentido de que repetimos aquello que pudimos administrar o no cuando fuimos niños.  La mayoría de lo que somos se cristalizó en los primeros siete años de vida, así que la manera en que procesamos la emoción se formó en ese tiempo.  Si tuvimos contención y ejemplo, habremos gestionado con mayor facilidad lo que sentíamos pero, si nuestros padres daban rienda suelta a cualquier impulso o si se reprimían, habremos visto dificultado el acceso a su percepción y resolución.  De esta forma, si no elaboramos esta dificultad y no aprendemos recursos sensibles, seguiremos reproduciendo exactamente la misma forma de reaccionar a cualquier situación que nos plantee algo parecido a lo que vivimos: “le tengo miedo al jefe cuando no le gusta mi trabajo” es la expresión inconsciente de “le tengo miedo a mi papá cuando me saco una mala nota en la escuela”. 


Nuestra mente es lo más condicionado que tenemos.  Mientras el cuerpo está vinculado a distintas instancias (el instinto, la intuición, la conexión sagrada, las emociones auténticas), la mente está totalmente colonizada por nuestros padres, la familia, la escuela, la sociedad, la publicidad, la religión, etc.  Se necesita un largo proceso de conciencia para liberar ideas enquistadas y comenzar a crear un pensamiento propio y genuino.  Por eso, nuestras emociones (que generalmente están atadas a esas ideas preconcebidas) pueden cambiar si giramos el timón hacia otro rumbo.  Si siempre sostuvimos una cierta exigencia acerca de nosotros y no la alcanzamos, sentiremos frustración y enojo pero, si nos damos cuenta de que eso era un deseo de nuestra madre que no nos representa ahora y optamos por otro modelo más legítimo, entonces sentiremos paz y alegría.

La evolución no es seguir un molde vendido por la sociedad o por ciertos grupos (por más bienintencionados que sean).  Cuando nos forzamos a ser de una determinada forma, escondiendo o rechazando partes de nosotros, inevitablemente presenciaremos el estallido emocional de esa presión constante (a veces como enfermedad, otras como “accidente”, otras como crisis existencial).  A medida que vamos trabajando en la aceptación y la integración de nosotros mismos, vamos refinando nuestra energía emocional, la cual tiene un poder y un potencial enormes. 

Como humanidad, recién estamos tratando de comprender y manejar esta fuerza. Cuando la mente aprenda a dejarse llevar (en lugar de controlar, como ahora), la conciencia emocional será la conciencia del Espíritu y viviremos guiados y conectados a Él.


Según el Diseño Humano, la mitad de los seres (los Emocionales Definidos) están condicionados por la Ola emocional (que no perciben ni entienden su funcionamiento) y la otra mitad (los Sin Definir) está influenciada por ellos y no están preparados para manejarlo.  En principio, está en manos de los Emocionales trabajar en refinar su energía y aportar mejores niveles de bienestar, serenidad, desapego, alegría y amor.  Es fácil decirlo y difícil hacerlo, pero con paciencia es posible hallar esa fuente de vitalidad tan rica y variada. Cuanto más conozcamos nuestra particular forma de ser y actuar, más condicionamientos  podremos liberar y más paz y plenitud encontraremos interior y exteriormente.

martes, 2 de agosto de 2016

Elige la felicidad

“Chiste”  dicho por una mujer que hace stand up: “yo siempre he tenido relaciones muy sufridas, llenas de problemas y contratiempos, celos, baja autoestima, de todo lo que se les ocurra.  Hasta que un día, de repente, apareció un tipo con el que las cosas funcionaban, nos divertíamos, la vida era fantástica.  Pero, resulta que me sentía perdida, no estaba acostumbrada.  No sé qué hacer cuando todo es felicidad.  Él sí sabía… me dejó…”.

La verdad es que estamos tan habituados a vivir mal que no sabemos vivir bien.  Es un aprendizaje.   La conciencia es la gran ayuda.  En lugar de vivir dormidos y reactivos, quejándonos y resignándonos, podemos poner luz en cada acto, en cada encuentro, en cada emoción, para evaluar los mandatos y traumas que arrastramos, a fin de sanarlos y reemplazarlos por ideas y actitudes que nos den plenitud y armonía, que liberen el potencial que traemos, que movilicen nuevos caminos, que nos relacionen amorosamente.

Desde hace cientos de años, ha habido una sobrevaloración del sufrimiento (cuanto más sufridos, más valiosos los logros), la lucha y el esfuerzo.  En los tiempos recientes, esta trascendencia ha tenido su contrapeso en un facilismo pueril y consumista, de disfrutar hoy sin importar el mañana.  Faltos de una guía interna espiritual, todo se diluye en la materialización urgente que brinde algún placer o sentido.

Tanto en una como en otra visión, lo más común es sentir culpa: por no ser lo que  deberíamos ser, por habernos equivocado, por no cumplir con las implacables expectativas, por sentirnos vacíos a pesar de tener todo, por lo que sea.  Esta “costumbre” judeo-cristiana nos ha sido transmitida en los genes y reclama su tributo: la culpa exige castigo.  Si te parece que te has salvado de su larga mano… mira mejor: muchas de tus imposibilidades nacen de eso.



Esta sociedad no nos enseña a ser felices, responsables, creativos, alegres, abundantes, en la forma que cada uno quiere y puede. Está llena de modelos rígidos, homogeneizados e idealizados y margina al que no llega o es distinto.  En lugar de propiciar la libertad para que cada uno busque sus propias experiencias de acuerdo a su diseño y aprenda de los inevitables errores en el camino, lo juzga y lo sanciona.  No nos tomamos el tiempo de revisar lo que sirve y lo que no; de adecuarnos al presente; de fundar una nueva interpretación de acuerdo a lo que somos ahora; de diseñar cómo deseamos vivir, relacionarnos, trabajar, amar. 


Este es el tiempo.  Deja de correr, encandilado por objetivos externos.  Respira, cálmate un momento, mira adentro, pide asistencia a tu Ser.  Cambia tus prioridades y valores; aprecia la alegría y la simplicidad; pon el aprendizaje constante como un camino valioso; ábrete al amor y la abundancia; fíate en que el Universo es amable y te sostiene; confía en que ya eres y tienes lo que necesitas para lograr tus metas del corazón; conéctate como el ser espiritual y luminoso que eres a Todo Lo Que Es. ¡Qué enorme diferencia con el Ego y sus limitaciones y faltas!  ¿Cambias tu mundo para cambiar el mundo?  Aquí estoy para acompañarte.

martes, 26 de julio de 2016

Desempoderado o con el Poder del Amor

“Sabes, todas las cosas que supuestamente “sufro” se han convertido, en realidad, en una enorme ventaja. Hablo de raza y discapacidad. Se supone que son factores negativos en nuestra sociedad, pero son precisamente las cosas que me han liberado”.  Esto lo expresó un artista negro, discapacitado por un accidente.

Los lugares en donde nos paramos para vernos son cruciales.  Acostumbrados a victimizarnos, solemos tomar nuestras “debilidades” para identificarnos.  Somos los raros, los enfermos, los sensibles, los golpeados, los alcohólicos, los sufridos y los muchos etcéteras involucrados en raza, género, origen social, status económico, problemas físicos, traumas infantiles, etc.  Es interesante que, como sociedad, adoremos y persigamos modelos de perfección y, en lo interno, nos sintamos imperfectos e incorrectos.

En general, no hemos recibido una educación a través de la cual podamos reconocer y apreciar nuestras fortalezas, dones y cualidades, a la vez que aceptamos nuestras debilidades, carencias y limitaciones como posibilidades de transformación y aprendizaje.  Al contrario, tendemos a ocultar y proyectar éstas últimas, mientras damos por sentado las primeras, sin valorarlas debidamente.

Me pasa frecuentemente que les pregunto a los pacientes acerca de las virtudes  que poseen y se quedan mudos; no pueden nombrar más de un par de cosas, las cuales además consideran poco estimables.  Cuando les menciono algunas, no las reconocen o les ponen objeciones.  En cambio, es posible que nombren defectos sin parar, casi con satisfacción.   Parece que siempre somos poco, menos, inadecuados.  Algunos pasan de la inferioridad interna a la superioridad externa: se muestran como los mejores, son orgullosos, insensibles, perfeccionistas, soberbios, alardean de sus rasgos y de sus producciones… para compensar consciente o inconscientemente lo que sienten.



¿A qué se debe esta extendida plaga de no valoración?  A muchas razones.  Además de Niños Internos que continúan jugando su juego, quiero mencionar un factor que atraviesa lo personal y lo social: el Poder.  Según como está instalado, el poder es una fuerza dominante, en el sentido de ser ejercido sobre otros.  Así tenemos el clásico dúo “víctima/victimario” en sus múltiples variantes, tanto en lo familiar, lo sexual, lo político, lo social, lo religioso, etc.  A pesar de que tendemos a creer que el victimario es el que tiene el poder, generalmente esta relación esconde un reparto inconsciente del mismo y/o una necesidad mutua: no hay uno sin otro.

¿Por qué es posible esta relación?  Porque ambos desconocen el propio poder, el que tienen por derecho natural, el que es esencial a su ser.  Esos juegos en los que nos involucramos delatan la falta de poder interno o, mejor dicho, la falta de reconocimiento del mismo.  Cuando sabemos quiénes somos, cuando podemos apreciar nuestras cualidades y trabajar en nuestras carencias, cuando aceptamos que tenemos el poder de ser y hacer, de elegir y de crear, nos paramos en el verdadero lugar.

¿Cuál es el juego que reemplaza al del Poder?  El del Amor, el del Poder del Amor.  Esta semana, un paciente que tiene muy poca autoestima, producto de un padre omnipresente y autoritario, me discutía constantemente.  Le hice notar que me estaba poniendo en lugar del padre, que estaba suponiendo que debía rechazarme y pelearme para ser él, porque creía que yo lo avasallaría con mis ideas (como lo hizo su padre).  Le dije: “yo no estoy en tu contra, estoy a tu favor.  Yo no quiero que pienses como yo, sino que aprendas a pensar por ti mismo.  Yo no quiero tener poder sobre ti, sino que tú encuentres tu propio poder.  Yo no estoy sobre ti, estoy contigo”.

Una vez leí que, cuando nos enamoramos verdaderamente, en realidad nos enamoramos de nosotros mismos porque nos vemos reflejados en los ojos del otro, que ve lo mejor de nosotros y que desea lo mejor para nosotros.  Es cierto.  Quizás, se trate de la imagen de lo divino en nosotros, del vislumbre de los ojos de Dios que nos recuerdan que somos espíritus bellos, amorosos y poderosos.