martes, 2 de febrero de 2016

¿El trabajo devora tu vida? Una reflexión para cuestionarte...

Pasé unos días afuera y no hay nada como salir de la costumbre para ver las cosas con nuevos ojos.  Fue paradójico porque, en medio de las vacaciones, el trabajo estuvo en la mira.  Compartiendo con otras personas, observando sus formas de vida, revaloricé un propósito que sostengo desde hace muchos años: dedicarle poco tiempo.

Comencé a trabajar a los diecinueve y estuve solo ocho años en relación de dependencia.  Aún dentro del “sistema”, me las ingenié para hacer lo necesario y ocupar el resto del tiempo en mis propios asuntos.  Soy muy organizada y rápida, así que era una excelente empleada pero tenía mis prerrogativas.  Cansada de jefes y rutinas, comencé un camino búsquedas e independencia que culminó en reconocer mi vocación, la de Terapeuta.

Siempre tuve una mirada crítica sobre la sociedad y objeté esas cosas que damos por sentado, como si fueran mandamientos escritos en piedra para la eternidad.  Una de ellas era el trabajo:
-      ¿por qué debían ser ocho horas (o muchas más si se quería progresar)?,
-      ¿por qué había que hacer una “carrera” (la misma palabra ya me sacaba urticaria)?,
-      ¿por qué se valoraba el esfuerzo, la competencia, el sacrificio, la exigencia?,
-      ¿por qué había que dedicarse a una misma cosa toda la vida?,
-      ¿por qué nos vendían que estar en una gran empresa era el súmmum de la existencia, por qué nos querían hacer creer que ella era de todos, cuando claramente no era así?,
-      ¿por qué perder la humanidad y querer asemejarse a las máquinas: perfectas, imparables, productivas?,
-      ¿por qué debemos perseguir el éxito, seguir modelos inalcanzables, ser especiales, renegar de lo que somos?
Estos y otras interrogantes me rondaban continuamente.

Cuando el último despido se concretó y decidí ser independiente, me di cuenta de que podía vivir trabajando pocas horas y poniendo mis propias reglas.  Se abrió un mundo y comprendí porqué al sistema le convenía que fuéramos esclavos satisfechos con las celdas.  No sólo el trabajo nos da un sentido de pertenencia, de status, de sentido, sino que además nos permite consumir sin pausas ni cuestionamientos.  Mantiene las cosas girando, mientras nos atiborra de nuevas “necesidades” innecesarias.


No fue fácil tomar un camino diferente.  Ser el propio jefe requiere mucha fuerza, constancia, creatividad, empuje, responsabilidad, motivación.  Tuve unas cuantas caídas, desilusiones, crisis, problemas pero jamás desistí.  Además tuve culpas.  Eso no me lo vine venir: tenemos tan grabado a fuego el “ganarás el pan con el sudor de tu frente” que me sentía mal por trabajar menos, por pasear o mirar televisión en horas laborales, por levantarme más tarde.  También tuve críticas, envidias, desdenes, burlas.  En la medida en que yo aceptaba mi condición, iban disminuyendo o no me importaban.

Obviamente, no fue un lecho de rosas.  Fui pionera y no siempre me salió bien.  No tengo muchas ambiciones, no me gusta el esfuerzo, he privilegiado mi vida interior a la exterior, así que no tengo grandes cosas pero vivo bien y, lo más importante, he hecho lo que he querido.  Además, amo mi vocación y no lo considero “trabajo”: hago lo que soy, me sale natural.

Muchos chicos están tomando esta decisión y lo hacen excelente.  Ya vienen con otro chip y, ya sea dentro de una empresa o creando sus propios emprendimientos, privilegian su tiempo libre, recorrer el mundo, hacer distintas cosas, vivir.  El propósito de este escrito es simplemente que reflexiones acerca de algo que quizás no te has cuestionado y que hace que corras como loco el día entero.  Estar ocupado todo el tiempo es “lo que se usa”.  Es moderno, es sexy, es especial, es necesario. 


¿No es un círculo vicioso?  ¿De qué huyes?  ¿De ti mismo?  Lo que obtienes no sana las heridas, no te da paz ni plenitud, no te conecta con lo esencial, no mejora tus relaciones amorosamente, no es útil a tu evolución.  Detente un momento, respira, vuelve a tu corazón y pregunta.  La respuesta puede ser suave y apenas perceptible pero tiene el poder de un destino:  ¿Cómo quieres vivir?

miércoles, 13 de enero de 2016

Valora los milagros de sustracción

Su futuro jefe lo había confirmado en su nuevo trabajo (acababa de perder el anterior) y solo restaba el examen médico, un requisito obligatorio de la Compañía.  Cuando llegó, resultó que los valores de glóbulos rojos y blancos estaban altísimos; el médico lo rechazó y su jefe le dijo que no podía tomarlo en esas condiciones.  Sin empleo y sin salud: ¿qué iba a hacer?  No se desesperó; un amigo lo recomendó en una Agencia y, después de las pruebas habituales, le dijeron que tenían un puesto para él en un mes.    Se lo tomó para descansar, disfrutar y reflexionar.  Cuando ingresó, se dio cuenta de que era mucho más interesante que el que perdió, con un sueldo más alto, con compañeros cálidos y divertidos.  Mientras, se había hecho chequeos médicos y los valores comenzaron a subir solos, sin necesidad de nada.  ¿Qué había pasado?  Un milagro de sustracción, dirían algunos.

Estamos acostumbrados a los milagros de adición: siempre queremos más.  Pedimos aquello que suma a nuestras vidas, que llena los vacíos, que implica crecer desde los números y no desde la experiencia.  Pero, nuestra Alma, que sabe lo que nos conviene, suele quitarnos para hacernos comprender ciertas cosas o para darnos algo mejor que lo que pedimos desde el Ego: un milagro de sustracción.

Si miramos en retrospectiva, podemos encontrar unas cuantas de estas ocasiones y generalmente son momentos de gran aprendizaje y evolución.  Al principio, parecen desgracias, contratiempos, obstáculos, mala suerte, demoras.  Sin embargo, su propósito es que las utilicemos para detenernos; madurar; cambiar la actitud; manejar las emociones; tomar otro camino o replantearnos el que estamos; ser pacientes, constantes, serenos; tomar conciencia del valor de lo que somos, hacemos y tenemos, etc.



A veces, nos salvan de malos momentos.  Una demora puede impedirnos estar en un accidente o ser asaltados; un desencuentro puede protegernos de decir algo perjudicial o tomar una decisión equivocada.  También, nos posibilitan buenas oportunidades, como terminar en lugares extraños que nos hacen conocer a alguien que no hubiéramos visto de otra manera.

El Ego, en su afán de controlar y exigir, cree saber lo que es lo mejor para nosotros y se molesta, sufre y se deprime cuando las cosas no son como las planea o quiere.  En general, requiere de unos cuantos milagros de sustracción para que se baje del pedestal, deje de querer mandar insensatamente (aunque se piense muy racional), acepte lo que se presenta, encuentre la bendición disfrazada y se alinee con el Alma y la Vida.

En tiempos de Mercurio retrógrado, es una buena ocasión para replantearnos lo que tenemos entre manos y lo que deseamos, que no siempre se corresponde con lo que necesitamos o con lo que siente el corazón.  Nos planteamos objetivos exteriores pero no cómo ser ni estar en ellos.  Si queremos cambiar de trabajo porque tenemos un mal sueldo o un jefe abusivo, en primer lugar nos deberíamos preguntar porqué estamos ahí: ¿nos valoramos, sabemos poner límites, somos seguros y confiados, tenemos suficiente capacitación?  Un milagro de sustracción nos puede mantener en un lugar para que aprendamos a amarnos, madurar y evolucionar.  Una vez hecho esto, lo nuevo se dará sin problemas. 


martes, 5 de enero de 2016

Tendencias para el 2016

Consultando las tendencias para este año, se hizo evidente que puede ser uno de grandes posibilidades… después de resolver grandes desafíos.  Con muchos planetas retrógrados hasta septiembre, los primeros meses nos instan a reprogramar, rever, recapacitar.  Para hacer esto, primero es necesario identificar y soltar lo que ya no nos sirve.  Y todos sabemos lo que nos cuesta.  Vivimos en modo reactivo y no creativo; emparchando y no transformando; quejándonos y victimizándonos y no agradeciendo y empoderándonos.  ¡Manos a la obra entonces!

Ya con más espacio, más livianos y frescos, podemos considerar si nos abocamos a renovar viejas ideas que quedaron en el camino y/o construir otras.  Tenemos la tendencia a proyectar hacia afuera, olvidándonos que atraemos según la energía que somos.  Plantearnos metas que incluyan cómo sentirnos y pensar para lograrlas es esencial.  Si deseamos determinado trabajo, ¿estamos preparados no solo laboralmente sino psicológicamente para afrontarlo?  Si queremos cierto tipo de pareja, ¿vibramos en esa frecuencia o buscamos solo a alguien que nos salve?

Para muchos, en el 2016 se abrirán oportunidades que estaban cerradas desde hace bastante.  Nosotros y nuestros deseos hemos cambiado bastante en estos últimos años.  ¿Qué sobrevivió y qué está emergiendo desde lo profundo sin estar todavía claro?  ¿Aprendimos lo necesario en esta época de sequía o arrastramos frustración y amargura?  La actitud es fundamental para abrir esas puertas y será imprescindible volver a creer y crear.  Esto plantea otro tema que será crucial en este año: la integración del Ego al Alma.

El Ego se basa en la dualidad: se esfuerza hasta reventar o se deja llevar sin hacer nada.  Todos oscilamos entre los dos, con distintas gradaciones.  Nos planteamos objetivos, fechas, requisitos; trabajamos duramente; controlamos y nos exigimos; si no cuesta y no duele, no sirve.  El Ego es hijo de la lucha, el sufrimiento y la culpa.  Para librarnos de esto, capitulamos del todo; lo podemos racionalizar y/o romantizar con distintas filosofías, pero en el fondo le tiramos el asunto a Dios o a lo que sea; que otro se encargue.  Rendición no es entrega.  Está llegando la hora de unificar: es el Ego guiado por el Alma; conectándonos con ella, damos los pasos necesarios para concretar en la vida cotidiana.  Es una labor en el que no tenemos mucha experiencia pero lo iremos logrando a medida que lo intentamos, dando pequeños pasos que cimenten la confianza.


 Marte parece tomar un papel fuerte en este año.  Está para ayudarnos a desarticular patrones perimidos y estancamientos viejos, pero los enfrentamientos y las emociones descontroladas pueden jugarnos una mala pasada.  Teniendo en cuenta que otros planetas nos empujan al cambio radical, quizás optemos inconcientemente por posturas intransigentes y combativas, por forzar las cosas en lugar de fluir con ellas, por romper agresivamente con personas y situaciones.  Tratemos de calmar nuestro cuerpo y nuestras emociones, centrarnos en el aquí y ahora, callar y reflexionar, buscar mejores opciones.  Poco a poco, todo irá encontrando su cauce, llevándonos hacia lo que es auténticamente nuestro.


El mundo está cambiando con rapidez… y caos.  No podemos esperar serenidad ni guía ni modelo ni equilibrio del afuera.  Es algo que debemos aprender y sostener interiormente.  No hay mejor inversión que la de conocernos, aceptarnos, amarnos y liberar el potencial que traemos.  Perder tiempo, dinero, energía, atención y expectativas en cosas externas que no nos traen paz, alegría ni satisfacción verdaderas se hace cada vez más dañino.  En el inicio de cada año, tendemos a plantearnos metas.  La única diferencia entre el año pasado y éste eres Tú.  Ponte primero; finalmente, todo deriva de ti, de cómo te sientes, de con cuánta plenitud te conectas con las personas y las situaciones, de cómo te paras en este mundo y te afirmas.  Eres un ser espiritual atravesando una experiencia humana.  No lo olvides.  Respira, ama tu cuerpo, tu vida, tu creación, eres Uno con Todo Lo Que Es y lo serás siempre.  Aquí estoy para acompañarte.  ¡Feliz 2016!

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Libérate de los condicionamientos funcionales: ¡sé tú!

Hace años, ella vive en un departamento con alquiler mínimo y en un lugar que ama; dice que quiere estar en pareja pero tiene sus dudas (sus padres han tenido una relación malísima siempre).  Conoce a alguien de una ciudad cercana, se ponen de novios, él insiste con ir a vivir juntos.  Ella pone sus barreras pero termina cediendo.  Cuando falta poco, descubre que él la ha engañado un par de veces con alguien y rompe la relación.  La infidelidad ha sido funcional a sus temores.

El término “funcional” tiene relación con lo que sirve a determinado propósito.  En términos psicológicos, algunas situaciones o personas lo son con respecto a los conflictos, miedos y resistencias que albergamos, generalmente de manera inconciente.  Nos valemos de ellas para no hacer frente a lo que nos cuesta y las usamos de excusas.

A veces, actitudes internas también lo son.  Una paciente se queja de que no asciende en su trabajo y le echa la culpa a que “hay algo malo en ella”, a que no es suficiente o que le falta algo (que supuestamente los demás sí tienen).  Lo repite frecuentemente, como una condena que arrastra sin solución.  Explorando, resulta que el problema reside en que es tan exigente consigo misma que cree que tiene que saber todo o hacer todo a la perfección casi por ósmosis, sin pasar por el aprendizaje o sin equivocarse si lo hace, lo cual la paraliza y estanca.  Es una idea que ha tomado de niña, relacionada con la ilusión de que si es perfecta los demás no la rechazarán, la reconocerán y amarán sin condiciones.  Obviamente, eso no resiste un análisis adulto pero es un concepto tan enquistado inconcientemente que no se revela hasta que surge en terapia.  Su concepción de insuficiencia ha sido funcional a su miedo a conocerse y crecer.  Ahora, puede trabajar en su confianza interior, en reconocer la necesidad del proceso de aprendizaje (y de los errores que seguramente cometerá), en la aceptación de los aspectos oscuros que tiene y en que no existe la perfección sino una imperfecta aproximación a la plenitud y la maravilla de Ser.



Todos lidiamos con lo que nos es funcional a nuestras resistencias a evolucionar.  Puede ser una pareja que nos limita; un jefe que nos rebaja; un status social que nos disminuye; unos padres que nos maltrataron; una equivocación que nos degrada; un país que no da posibilidades; una enfermedad que nos restringe.  Cualquier cosa es funcional para echarle la culpa y quedarnos en una situación que nos resulta cómoda y conocida.

En el otro extremo, algunos no pueden parar de hacer y cambiar.  La sociedad premia a quienes están constantemente en movimiento y transformación.  También sufren de sobreexigencia y falta de autoestima pero no se nota porque siempre están logrando metas y persiguiendo otras.  Parece ser que nadie está feliz con ser quien es ni con lo que hace y tiene.  Es necesario más.  Los imperativos sociales son funcionales a la insatisfacción interior. 


¿Cuál es el punto intermedio entre vacua conformidad e inútil aceleración?  Una centración personal que acepta las cualidades y aprende de los desafíos, reinterpretando el pasado, disfrutando el presente y confiando en el futuro.  Con una espiritualidad arraigada en la vida cotidiana, sabiendo leer los signos del tiempo que vivimos.  Reconociendo las trampas de lo funcional y trabajando en lo que es propio, auténtico, original.  No podemos ser otra cosa que lo que somos y ello es precioso, íntegro y esencial.  En este año que finaliza, liberemos lo que nos impide reconocernos como seres humanos divinos.  ¡Lo merecemos!

jueves, 24 de diciembre de 2015

¡FELICES FIESTAS!


miércoles, 16 de diciembre de 2015

Cómo expresarnos para no repetir el pasado

Desde hace bastante, tengo un inconveniente con unas filtraciones en mi departamento.  A raíz de renovaciones que hice, mis amigos comenzaron a preguntarme por ellas y a darme consejos o a enojarse por el tiempo que se toman en repararlas.  Invariablemente, les decía que no quería hablar del tema y que charlemos de otras cosas más lindas.  Uno de ellos, extrañado, me preguntó porqué hacia eso.  Le respondí que hablar sobre un asunto que me incomodaba no lo arreglaba sino que me ponía peor.  Yo había hecho lo que debía y solo me restaba esperar que se solucionara.  Indignarme, victimizarme, criticar, sentirme mal no contribuía en nada a eso.

Aprendí esta conducta hace mucho, cuando comprendí que arruinaba mi presente trayendo un pasado aciago.  Hace poco, le comenté brevemente a una reciente amiga sobre un problema que estaba atravesando y ella me dijo que no se notaba, que yo siempre parecía estar bien.  Le contesté que yo estaba bien en ese momento, estando con ella, disfrutando el hermoso paseo: ¿por qué iba a malograrlo?

Creemos que hablando de algo lo solucionamos o lo “gastamos” hasta que no lo sentimos más.  Lo primero no es cierto, a menos que lo hagamos desde la conciencia y que, conversando con una persona neutra o abierta a escuchar, encontremos una solución posible.  Lo segundo es real al comienzo, como una forma de aceptar y normalizar algún suceso, pero no sirve a la larga.  Traer las emociones asociadas (miedo, enojo, tristeza, ansiedad, etc.) a hechos del pasado o que todavía no se deciden abate las posibilidades del presente y retrasan su resolución.

Hablar es la segunda forma de creación (pensamiento/palabra/obra).  Cuando hablamos mucho sobre algo, eventualmente lo terminamos creando.  Y muchas veces, lo re-creamos: lo hacemos real de nuevo al contarlo.  Por ello, es bueno cuidar nuestra expresión.  Esto también implica cuidar con quiénes nos comunicamos.  Hay personas que viven quejándose, buscando una oreja en donde verter su mala onda, lo cual no es gratuito ya que en algún momento nos afectará perjudicialmente.  Y nunca es más cierto que cuando estamos atravesando una mala situación: juntarnos con personas negativas y lamentarnos  de lo mal que está el mundo no colaborará a salir de ella.



He pasado circunstancias muy duras en el pasado y prefería reunirme con personas alegres, positivas, en circunstancias de placer, porque ello me recargaba para continuar.  Es más, después de un breve “informe de situación”, le encontraba la veta graciosa al tema hasta que terminaba riéndome de todo.  Esto no significaba negar o esconder las demás emociones.  Era muy conciente del dolor, de la tristeza, del temor, del estrés que sentía.  Simplemente, no dejaba que mi vida se redujera a ellos y buscaba momentos en que los demás se hicieran presentes y me recordaran que eso también pasaría, que encontraría una salida o simplemente que la vida es un coctel de muchos ingredientes.

Aquí también se dirime el asunto de cómo contar las cosas.  Cuando estabilicé mi vida emocional y encontré la paz de ser yo misma, me di cuenta de que describía esa armonía desde el lugar de “¡cuánto me costó!”.  Eso implicaba, en el fondo, que volvería a atraer situaciones de sufrimiento y esfuerzo para poder superarlas y sentir que yo valía por eso o que ese era el precio de la paz.  Decidí dejar atrás todo ello y evolucionar a través de la conciencia, apreciando cada momento.  Hoy, podría decir que mi pasado es inexistente, en el sentido de que no influye en mi presente.  Todo se borró y no tengo más que agradecimiento por cualquier cosa que hubiera sucedido.


“Hablar es gratis” se dice.  No lo es.  Darle entidad a nuestros pensamientos y emociones al expresarlas oralmente o por escrito tiene sus consecuencias.  Elijamos cuál deseamos que sea nuestro paisaje cotidiano.  Pintar con colores oscuros o luminosos es nuestra decisión.  Mostrarnos como seres en continua lucha, enojados, frustrados, temerosos, volverá a nosotros como un bumerang y no nos dejará ver que también somos seres valientes, hermosos, creativos, concientes, alegres.  Esto no significa aislarnos y vivir en un mundo de fantasía.  Significa ver todo el panorama y elegir a qué y a quiénes daremos nuestra atención y energía.  Creemos un mundo amable para nosotros y los demás.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

La productividad nos impide nuestro derecho a Ser

En los años ´30, en Occidente, se originó un enorme cambio económico, social y cultural.  La producción se transformó en el gran objetivo y la fisiología se desplazó de la comodidad al esfuerzo.  Había que “rendir”, en largas horas de encierro y monotonía, en condiciones estresantes, corriendo contra el reloj.  Ya no había lugar para el tiempo, el placer y la creatividad de una labor artesanal;  todo debía ser rápido, uniforme y racional.  El cuerpo pasó de una estética blanda y sensible (recuerda las “gordas” de Rubens) hacia una de líneas delgadas y estrechas, con fuertes contracciones en el abdomen y la pelvis.  ¡Adiós, sensualidad!, ¡hola, productividad! 

Es paradójico que, cuando esta idea se instaló, se creyó que la humanidad tendría mucho más tiempo para el ocio, ya que las máquinas harían su labor.  La realidad es que nos convertimos en otra máquina.  George Bataille, antropólogo francés, escribió que el hombre afirma su condición de ser mediante el trabajo, pero que ese mismo trabajo también le niega la satisfacción inmediata del deseo.  Subordina el presente al futuro y exorciza el miedo a la muerte.  La vida cotidiana se limita a reproducirse para perdurar.  Bataille exhorta a recobrar la animalidad negada (el cuerpo, diría yo) y la santidad del mal, instancia que reivindica como otra dimensión de la experiencia humana (lee el último Boletín).  Él cree que el hombre se define como tal cuando niega este orden de trabajo y ley: "Sólo cuando los humanos somos capaces de afirmar y mostrar una in-humanidad valerosa y soberana que no teme a la muerte y capaz de hacer del presente un fin, sólo entonces descubrimos parte de nuestra verdadera humanidad y exploramos otra posible experiencia vital.  Es esta afirmación de soberanía del ser lo que hace posible fenómenos heterogéneos y soberanos como el juego, la fiesta, el sacrificio, el erotismo, el arte..., es decir, la manifestación de la inutilidad frente a la utilidad, la noción de gasto, de derroche, de pérdida frente a la ganancia."

Una paciente me contaba que había pasado un día relajado, yendo a comer con unas  amigas y luego ordenando algunas cosas en su casa, mientras escuchaba música.  Lo hacía con un tono culposo, por lo que le pregunté cómo se sentía y me contestó que le parecía raro, porque no había hecho nada muy “productivo”.  Cada vez más, escucho este tipo de aseveración: hemos perdido la noción de simplemente ser y estar; no solo debemos hacer continuamente, sino que además tiene que estar vinculado a  la eficiencia y al tiempo, como una línea de producción.  Lo que no tiene relación con ello lo asimilamos a derroche, a una pérdida de ganancia, como dice Bataille.



Justamente, el tiempo ha pasado a ser el nuevo medidor de riqueza, no el dinero. Estamos condenados a una actividad incesante y ya apenas si quedan algunos días al año (en las vacaciones) para el ocio.  Y, cuando suceden, nos angustiamos.  No sabemos estar en silencio, inactivos, vacíos, observadores, sintientes.  Quizás, esa es la razón de tanta productividad y consumismo: una huida de ese Ser que no conocemos ni exploramos.  Sin embargo, todo lo que vale lo tiene como origen.  Lo esencial, lo verdadero, lo placentero, lo real está relacionado con lo que somos, no solamente con lo que hacemos.

Hacer lo que somos sería una síntesis idealCuando nos concentramos en nosotros y en nuestro deseo del corazón, nuestro proyecto es una extensión de nosotros mismos, es nuestro SER EN ACCIÓN.  Desde aquí, partimos de los dones, de los recursos, del potencial interior, lo que asegura que ya contamos con un material precioso: nosotros mismos.  Si nos comparamos con otros, si tomamos recetas prestadas, si seguimos un modelo exterior, fallaremos porque no estamos siendo fieles a nuestra esencia, la cual trae todo lo que necesitamos para este camino en esta vida.

También, atrae lo que precisa para desarrollar ese camino.  Si confiamos en ella, encontrará las personas, el dinero, las posibilidades para concretarse en tiempo y forma.  ¿Tendremos problemas?  Tendremos desafíos cada tanto, que son nuestros aprendizajes del alma.  Los tomamos, los solucionamos y continuamos.


A esto agreguémosle tiempos inactivos solo para conectarnos con nosotros mismos, la Naturaleza, la Vida, con Todo Lo Que Es.  Respirar y percibir.  Sentir el cuerpo y abrirnos.  Estar y expandirnos.  Conectarnos y existir.  Nada más.  ¿Cierras los ojos y lo intentas?  ¿Ahora?