domingo, 2 de diciembre de 2007

Rapidísimo

Me reí muchísimo con esto y creo que unos cuantos nos sentiremos identificados:

Espero el rápido de las ocho y veinte. Como soy viva-vivísima, me fijo en el lugar exacto de la ubicación de la puerta del tren anterior. Nadie es tan vivo-vivísimo como yo.
Se forman manojos de gente, multitudes se agolpan a varios metros de distancia, hacia la derecha, hacia la izquierda. Gente tonta con poco poder de observación. El rápido llega majestuoso. El rápido es un tren diferente. El rápido es un tren de larga distancia con asientos de cuero amplísimo y ventanas enormes.
El rápido es un tren diferente. Lo miro detenerse lentamente como quien mira la bola en la ruleta esperando que caiga en el colorado 30. Pero no, cae en el negro 20 y yo me quedo con cara de boluda justo en la mitad del vagón. Mi orgullo herido hace que no pueda decidir hacia qué puerta enfilar.
Entran todos, millones de experimentados viajadores que saben el lugar exacto de la ubicación de la puerta, una multitud de vivos-vivísimos que se empujan, se golpean, se putean y consiguen el bien más preciado: un asiento.
Yo viajo parada. No me importa. No me importa. No me importa. Viajar parada es bueno para la circulación. Además a mí me encanta viajar parada. En el pasillo, sin nadie que moleste mirando por la ventana que es casi toda la puerta. Una gran ventana para mí sola.
Me ubico en el mejor lugar del tren y abro mi librito. No me importa. No me importa.
No me importa que un señor gordito se siente en el suelo al lado mío y me engrampe contra la puerta, no me importa que el tren vaya a las chapas y no pueda agarrar el libro con las dos manos porque me tengo que sujetar de la manija para no caerme encima del gordito. El gordito se da cuenta de mi tambaleo y, por miedo a que en cualquier momento lo aplaste, se levanta. Tiene ojos claros el gordito. Parece una mirada buena y dulce, pero no, hay algo muy diabólico en ella.
El tren va a las chapas y pienso que esto no es normal. El tren va a descarrilar.
Inmediatamente me acuerdo de las medias pantys que llevo puestas. Tienen tres agujeros: uno en la punta del pie derecho y los otros dos en el culo. Hacia la derecha, hacia la izquierda. No, no es sexy, es lamentable. No me las rompieron a mordiscos apasionados.
Si descarrilamos jamás reconoceré que las medias estaban rotas antes del siniestro. No, jamás lo haré. Pienso en las veces que la abuela me dijo que había que salir con medias y bombacha limpitas y sanas por “si uno tenía un accidente”. También pienso en el pijama y las sábanas que se guardaban “para cuando venga el médico”.
El tren va a las chapas. Pronto va a descarrilar. Me veo en la ambulancia cubierta de sangre y con las medias rotas. No, definitivamente no voy a reconocerlo, no es sexy, es lamentable.
Y el gorrito. Me puse un gorrito de lana. Esta mañana me miré al espejo y me gustó.
Pero, ¿viste cómo son los espejos? El de la casa de uno es más amable, el de la casa de uno es un hipócrita maldito embustero comemierda. Las ventanas no mienten, las vidrieras tampoco. Parezco una loca. O una vieja. O una trola. Y todos me miran. Se ríen de mí porque viajo parada y por el gorrito. Se ríen por las medias, el accidente y la ambulancia. Se ríen de mí cubierta de sangre, intentando, con el hilo de vida que me queda, salvaguardar mi integridad.
Le grito al enfermero que las medias estaban sanas, que viajé parada porque es bueno para la circulación y que el gorrito no es mío, no, no es mío. Es de ese gordito que está allá. Sí, el que tiene ojos claros pero mirada diabólica, el que se salvó por levantarse a tiempo, el que ahora mismo se ríe de mi sistema circulatorio, de mi poder de observación, de mi gorrito, de mis medias.
Rosana Gutiérrez (http://laresacada.blogspot.com)