lunes, 13 de agosto de 2007

¡Pobrecito!!

Me fastidia cuando alguien dice eso con respecto a otra persona. Me pasa desde chica, cuando mis tías vivían “pobreciteando” lastimeramente a todo el mundo cada vez que contaban algún problema, sea mínimo o catastrófico. La palabrita no se les caía de la boca nunca.

No sabía porqué me irritaba escucharla. Después, me fui dando cuenta de que esa es una forma de victimizar a otros, de ponerlo en el lugar de mártir a quien “le pasan” cosas malas, sin tener nada que ver en el asunto. Obviamente, yo, sin darme cuenta, también me victimizaba frecuentemente, aunque de una forma “combativa” (la cólera era mi marca registrada, así que el enojo es mi primera reacción).

A medida que fui creciendo, fui tomando conciencia de la responsabilidad que tenemos frente a nuestra vida y de que no somos “pobrecitos”. Hemos creado esas circunstancias por alguna razón y la clave es registrarlo y usarlas para transformarnos.

Aún con pacientes con historias terribles, no me nace la lástima ni el dolor. Sí la compasión para quienes se han puesto en situaciones difíciles, la claridad para que puedan reconocerlo y el amor para acompañarlos en la solución.

Además, si somos espejos que nos colaboramos mutuamente en descubrirnos, no nos sirve a ninguno esa actitud desmerecedora. Mejor identificarnos en la similitud de aprendizajes y fortalecernos en las respuestas positivas que podemos presentar.