jueves, 16 de agosto de 2007

Multifacético diamante

Yo nací en una ciudad llamada Diamante. Cuando comencé la escuela primaria, mi padre me regaló una regla de acero llamada Diamante, que nadie más tenía y de la que me sentía muy orgullosa. Las piedras que más me gustan son los diamantes. La primera meditación importante que me movilizó fue ver mi corazón como un diamante. Bastantes cosas han sucedido que tienen que ver con ellos.

A lo largo de mi vida, lo que siempre me encantó de los diamantes es que, cuanto más facetas, más brillan. Y que sus destellos irradian el arco iris: todos los colores en la transparencia.

Los diamantes son la más perfecta metáfora de nuestro ser. Creo que somos más valiosos e íntegros cuando podemos reunir todas nuestras facetas y hacerlas refulgir en la unidad. A diferencia de muchos gurúes de la New Age que sólo hablan de la luz y se olvidan de la oscuridad (llevando a las personas a rechazar partes suyas y a crear una "pátina" de pensamientos positivos sobre una bola de negatividad, que los aliena), a partir de ciertas experiencias tuve claro que debía reconocer, aceptar y darle espacio interno a todas mis facetas, sean las que sean.

Cuantos más aspectos pueda reunir de mí (la compasiva, la soberbia, la orgullosa, la creativa, la mentirosa, la generosa, la avara, la estúpida, la inteligente, la víctima, la poderosa, la dulce, la mal hablada, la colérica, y todos los etcéteras imaginables), más conciente seré y más autonomía de elección tendré porque no puedo transformar lo que no conozco.

Si hay aspectos míos que no advierto, éstos trabajan desde el inconciente, desde las sombras y soy su prisionera, termino haciendo lo que ellos quieren. En cambio, si puedo observarlos a plena luz, soy capaz de ponerles límites y de tomar decisiones desde la libertad.

Por eso, estoy orgullosa de ser multifacética: tengo decenas de matices para elegir qué y cómo ser y actuar. Soy un diamante que cada vez brilla más.