lunes, 3 de diciembre de 2012

¿Quién decide: tu mejor o tu peor yo?


Las elecciones son una de las cosas que más nos cuestan.  Hay indecisos crónicos, procastinadores (los que postergan actividades o decisiones sustituyéndolas por situaciones más irrelevantes y agradables), preocupados y dudosos varios.  Hay quienes precipitan acontecimientos porque no soportan la espera y otros que esperan más allá de lo viable, precipitándose en el vacío.  Hay inseguros insoportables y simuladores suaves, que esconden la ansiedad bajo una pátina de serenidad.

Las conductas más comunes para retrasar la decisión son:

-      Querer tener la mayor cantidad de información posible.
-      Pretender controlar cada situación con previsión suprema. 
-      Estar preparado totalmente.
-      Desear que todos estén de acuerdo.
-      Buscar aprobación.
-      Ser detallista y exigente.
-      Perseguir la solución perfecta.
-      Poner la atención en lo que se perdería y no en lo que se ganaría.
-      Creer que es una sentencia de vida o muerte, única y para siempre.
-      Fantasear que cambiará todo mágicamente ya.

¿Qué verdades hay detrás de estas presunciones rígidas e infantiles?

-      No podemos saber todo ni conocer anticipadamente los resultados.
-      Es imposible controlar la enorme variabilidad de situaciones; la omnipotencia es una mala consejera.  Además, con tanta obsesión, terminamos creando lo que tanto tememos.
-      Cuando algo se presenta es porque estamos preparados para afrontarlo; lo que necesitemos extra lo aprenderemos en la marcha.
-      Siempre habrá personas que tengan discrepancias; no hay nadie como nosotros así que el disenso es lo normal.
-      Si no nos aprobamos, si dudamos, atraeremos individuos que lo expresarán por nosotros.
-      La auto-exigencia es el mejor método para fallar, frustrarse y culparse.
-      No existe la perfección en este plano, a menos que dispongamos que eso es perfecto para nosotros porque así lo decidimos.
-      Perder algo es parte evidente del cambio: es aquello que debemos liberar para dar espacio a lo nuevo, a lo que mejorará nuestra vida.
-      Dramatizar la decisión, imaginando consecuencias extremas, nefastas y definitivas es un engaño para postergar lo impostergable; sólo hace más difícil la situación, sin aportar nada útil.  Nuevas oportunidades hay continuamente y podemos ir rectificando el rumbo a medida que avancemos y veamos más claramente el camino. 
-      Lo peor es engañarse con cambios instantáneos y mágicos, en los que seremos exitosos sin transformarnos ni crecer ni aprender.  Las novedades se darán poco a poco, de acuerdo a tu capacidad y comprensión, sin pretender ni temer sucesos enormes e inmanejables.



Cuando no recurrimos a nuestros mejores aspectos para decidir o actuar, seguramente nuestros peores yoes (los que más intervienen con sus miedos y dudas) tomarán el mando y harán lo usual.  Como dijo Einstein, “locura es hacer siempre lo mismo y pretender resultados distintos”.    

Aunque estas observaciones anteriores son lógicas, no es con ellas que arrancarás.  Sirven para calmar al Ego, pero la verdadera opción es confiar, descansar en que cada situación que se te presenta es a tu medida, enviada por tu Ser para tu mejor aprendizaje.  Calmarte, aceptarlo, conectarte con tu interior, respirar, creer, entregarte son opciones valederas. 

No se trata de tomar LA decisión, sino de tomar UNA decisión.  El primer paso desencadenará los siguientes y serás llevado a tu camino del alma.  Decide.  No esperes el milagro: el milagro eres tú.

2 comentarios:

Virginia Gil dijo...

Mil gracias por este artículo cargado de profundas verdades y con el que me he sentido muy identificada.
El empujon que me faltaba para lanzarme al más allá...
GRACIAS

LAURA FOLETTO dijo...

¡Qué bueno, Virginia! Me alegra haber ayudado a darte el empujón que te ponga en tu camino. Gracias! Un gran beso.