lunes, 15 de noviembre de 2010

¿Cuál es tu emoción de base?

Una paciente, cuando habla de algo que la conmueve, se pone a llorar instantáneamente y todo su relato transcurre entre lágrimas. Otro, se enoja ante cualquier cosa que no se presenta como él quiere. Otra, tiene una sonrisa inalterable en los labios.

Todos reaccionamos con una emoción “de base”. Es la primera que sale, casi sin importar las situaciones. Puede ser el enojo, la alegría artificial, el bajón, las lágrimas. Es constitutivo de cada uno y es la piedra de toque sobre la que haremos nuestro aprendizaje. Identificar y dominar esa actitud es imprescindible, porque si no seremos prisioneros de ella para siempre.

Me di cuenta pronto de que mi enojo saltaba la valla antes que nada y se solazaba en improperios y maldiciones. Era tan fuerte que me sentía arder entera. Con mis padres, se desplegaba alimentado por el de ellos. Cuando comencé a trabajar, comprendí que no podía hacer lo mismo. “Inventé” un hombrecito que saltaba y gritaba en mi cabeza, mientras que mantenía la postura por fuera (así, terminé riéndome de mis pataletas). Lo fui manejando cada vez mejor, hasta el momento que surgió la terrible ira que tenía con mi padre. La usé para atraer todo el enojo que sentía y lo dejé fluir a través del cuerpo y lo bailé y lo grité muchas veces. En cada retroceso, aparecían escenas de esta y otras vidas hasta la extinción final en una danza extática impresionante por su crudeza.

Sigo reaccionando con un enojo aguado e inconsistente que no tarda ni tres segundos en desaparecer, pero lo más importante que me di cuenta de este tema es que la emoción de base es la que utilizamos para ocultar a las demás. Muchas veces, esa ira escondía una herida, un dolor, una desilusión, una frustración, que no quería asumir. Llorar abiertamente una llaga del corazón la hubiera sanado antes que un enojo indiscriminado.

Las personas emocionales tenemos un cierto orgullo de serlo. Me resistía a trabajar en mis alterados y cambiantes estados de ánimo, sobre todo porque me parecía “aburrido” vivir sin ellos. La adrenalina emocional es peor que la cocaína, porque la consideramos “natural”. No hay nada de natural en ser llevado de la nariz por una montaña rusa de reacciones confusas. Transmutar las emociones es el primer paso para la verdadera libertad interior.

Puestas en su lugar, las emociones son mensajeras que nos cuentan cómo nos sentimos y, por definición, son pasajeras y nos mueven a hacer algo (si así lo decidimos).
Por el contrario, elegimos perdurarlas agregándoles pensamientos y anteriores agravios hasta convertirlas en un dominó interminable. Así, una energía que debiera ser momentánea y reveladora se transforma en un infierno persistente.

Tomar distancia de la reacción, exhalando la emoción, mientras nos centramos en el aquí y ahora y en la mejor elección del momento es mil veces más constructivo que cualquier mera satisfacción pasajera de soltar lo que sentimos reactivamente.

Con el tiempo, una calma benéfica nos invade y podemos apreciar la vida tal como es, con sus múltiples estímulos y oportunidades. Las emociones pasan a ser destellos que agregan su condimento, sin alterar la serenidad. Y comenzamos a tomar conciencia de que lo único que queremos experimentar son los sentimientos del alma: el amor, la alegría, la paz.