lunes, 9 de agosto de 2010

¿Con qué alimentas tu mente?

Estábamos analizando con un paciente nuevo sus diálogos internos. En un momento, cae en la cuenta de la cantidad de ataques e improperios que se lanzaba a sí mismo y en los panoramas catastróficos que fantaseaba ante cualquier situación. Me mira desesperado y me dice: ¿cómo cambio esto?!

¿Te sientes identificado? Es lo normal, tristemente. ¿Alguien te enseñó cómo formatear tu mente? Tantos cursos para computación y tan pocos para ella. Y, aunque existan, no te planteas que es urgente hacerlo. “Así soy, así es”: la dificultad de ver lo obvio. Quizás, observas las consecuencias de una mente desbordada y mal encaminada (ansiedad, estrés, continuos fracasos, falta de objetivos enriquecedores, depresión, vacío), pero no las relacionas con tus pensamientos. O sí, pero no haces nada para cambiarlos.

El cambio en tu mentalidad debe ser total, cotidiano, íntegro. ¿Notas que distintos aspectos de tu personalidad se pelean para que adoptes su criterio? Si quieres tomar una decisión, uno te lleva a las nubes con sus pros, otro te baja al infierno con sus contras, otro duda de que eso sea lo correcto, otro se lamenta de tu mala suerte, otro te recuerda tus fracasos anteriores, otro se queja de la falta de dinero o de mérito o de compañías o de lo que sea y así van tomando el micrófono hasta que estás tan mareado que te quedas congelado y a merced de tantas voces disonantes.

¿Observas que te criticas continuamente? Tienes una idealización (creada cuando eras pequeño o adolescente, para que te acepten, te reconozcan, te amen) y, por supuesto, nada de lo que seas o haces es suficiente. ¡No lo puede ser! Es inhumana. No contempla tus sombras, tus desafíos, tus aprendizajes. Es egoicamente perfecta. Entonces, ¿cómo puedes alcanzarla? Jamás. Por lo tanto, sigues corriendo la carrera infructuosa, cada vez más rápido, más exigido, más desilusionado, juzgándote, denigrándote, rencorosa e inútilmente.

¿Reparas que haces lo mismo con los demás? Como no lo puedes lograr en ti mismo y te duele mucho, proyectas esos aspectos negados o rechazados en los otros y los criticas y los exiges para descargarte. Tu pareja, tus hijos, tus amigos, tus vecinos, tus compañeros de trabajo, cualquiera cae bajo tu mirada y tu voz autorizada para comunicarles lo que está mal y cómo deben ser, trabajar, sentir. Eres tan bueno, tan perfecto, tan imprescindible, tan… pesado!

Mejor lo tomamos con humor y liviandad. Todos somos así. Así está el mundo también. Sería tan distinto si nos ocupáramos de nosotros mismos y dejáramos al otro tranquilo. Si observáramos nuestra propia mente y la conociéramos en profundidad. Cada pliegue y recoveco. Y los aceptáramos como partes de lo que somos, de lo que nos hace únicos e irrepetibles.

¿No te gustan algunas facetas, no te sirven algunos pensamientos? Toma conciencia de ellos en el momento que suceden y cámbialos ahí mismo. No esperes a mañana, a cuando pase esto o aquello (jamás pasará si sigues pensando como estás pensando ahora). El tiempo es ¡ya! Haz una lista de tus estructuras repetitivas (“yo soy mediocre”, “yo no sirvo”, “el mundo es injusto”, “mis padres son un desastre”, “no hay oportunidades para gente como yo”, “el dinero es malo”, “yo no me merezco eso”, etc.). Escribe lo contrario (“yo soy único y pongo mi marca en el mundo”, “yo soy capaz de concretar mis proyectos”, “el mundo me sostiene y me brinda lo que necesito”, “mis padres son mis maestros de lo que debo aprender en esta vida”, “hay oportunidades para todos y yo recibo la mía”, “yo merezco todo lo que deseo porque soy Hijo de Dios y eso es suficiente”).

Cada vez que te pesques en tu rosario de desdichas, reemplázalas por estas nuevas ideas. Esto implica conciencia continua, tanto de tu mente como de tus emociones y, por supuesto, de tu cuerpo, porque él es el que te “muestra” todo, con su respiración, sus síntomas, sus enfermedades, sus dolores, etc.

¿Te lo creerás inmediatamente? Por supuesto que no. Has estado dándole de comer demasiado a algunos aspectos tuyos que ahora están hiper-obesos. Así que deberás ir alimentando a otros que están desfallecientes y esperando a que los sustentes con tu cariño y paciencia. Se trata de encontrar mejores nutrientes y dárselos a quienes verdaderamente te empoderan y desean evolucionar. No tienes que inventarlos. Están ahí. Son parte de lo que eres. Sólo que no los has visto ni apreciado. Aliméntalos cada día. Hazlos crecer. Son tus niños abandonados. Ámalos.