sábado, 10 de julio de 2010

Para sonreír...

Otro cuento de Roberto Fontanarrosa: “La carga de Membrillares”, una sátira al tono heroico de ciertas narraciones de acontecimientos históricos. Algunos fragmentos: “Los fugitivos se detienen para merendar frugalmente. En un alazán tostado llega el capitán Membrívez. Sofrena su cabalgadura y se deja caer a tierra. En verdad, cae a tierra. Se pega un golpazo bárbaro contra La Rioja y se saca un hombro. Lo tiene tan fuera de lugar que sus soldados no saben si es el hombro derecho o el izquierdo. Membrívez no se queja. Por su denuedo suicida en los combates de Pico-Pico y Pozo del Prode le han llamado: el Lolo. Pero no sólo en sus ojos se lee el valor. Trae, desde hace justamente dos años, una lanza atravesándole el pecho. La moharra de acero le aparece por delante del tórax. Y, por la espalda, sobresalen tres cuartos de tacuara. Fue en Pastizales, cuenta. Y se santigua. Nunca se la quiso sacar. “Por precaución”, dice. Pero todos saben que la lleva como una medalla. Un testimonio. Una prueba de que cargó adelante.”

…“Hace 4.327 horas que cabalgan. De pronto, el capitán Membrivez eleva su brazo derecho. Se detienen. Echan pie a tierra y distribuyen el trago de agua. Es un solo trago que vienen conservando desde Arenal del Soto y la orden reza: “Sólo un buche por persona”. Cada valiente de Membrívez remoja su garganta y luego escupe el beneficio fresco en la boca del compañero más cercano. El último devuelve el trago a la caramañola del cabo primero Severiano Israfel Carqueja, que lo cuida como oro en polvo. Llega un soldado que se ha adelantado a estudiar el terreno. El camino hacia las salinas está cortado. No se puede seguir. Al frente, entre ellos y Laguna del Tala, hay 7.000 indios pampas. Son ranqueles de Minervino, araucanos de Carrán Pedrito y comanches. Quieren guerra. El capitán Membrívez va hacia la indiada, solo”.

… “Vuelve junto a sus hombres. La caballada lo mira, absorta. Sin desmontar, arroja entre medio de sus soldados la cabeza del doctor Mencheski. “Lo hacía más alto”, dice, a manera de responso, el sargento Olazábal Olarán Ollarte. Membrívez cuenta a sus hombres. Luego, los vuelve a contar. Son 25 desesperados. Sabe que los está conduciendo a la muerte, pero a algún lugar los debe conducir. Saca su sable y dice: “Allá, al sur, está la salina. Entre la salina y nosotros, los indios”.

… (Atraviesan el malón de indios y siguen adelante interminablemente, sin que nada los detenga, hasta que llegan a un puro blanco, un manto deslumbrante, la salina creen, y ven a alguien acercarse. El capitán pide que se identifique): “¡Capitán Roald Amundsen!”, le contesta una voz con acento extraño. “Amundsen”, musita Membrívez. Y siente, por vez primera, el frío de la nieve sobre su piel curtida”. Un pequeño homenaje a un genio y una oportunidad para sonreír en medio del fin de semana.