jueves, 19 de noviembre de 2009

Para pensar...

Leí esta carta de lectores de Daniel Paludi en el diario Perfil. Aunque habla de Charly García, me recordó a Diego Maradona también: esos espejos en los que no nos gusta vernos. Sin embargo, en la aceptación de todo lo que somos, está el camino de plenitud.

Recorriendo los diales, canales, revistas y diarios, y observando las lavadas y complacientes crónicas en torno al ¿regreso? de Charly García, no hago más que confirmar mi parecer sobre esta etapa de pasteurización del ídolo. Es llamativo que justo en el momento en que Charly está “ido” por atiborramiento con drogas legales, la corporación mediática celebre paradójicamente su “vuelta”. Esta sociedad, tan afecta a espantarse por los caos (ya sean banales, de tránsito, de calles, etc., como aquellos más profundos, los que subvierten, los que demuelen estructuras), se regocija con la obtención de mansedumbres.

Charly, cuando estaba “en llamas”, era un peligro a domesticar, ya que siempre se caracterizó, conciente o inconcientemente, por oficiar de lúcido espejo que reflejaba nuestras deformidades. Sus letras nos develaban oscuras zonas de nuestro comportamiento individual y colectivo. Nos enfrentaban y nos sacudían como cachetazos nuestras grisuras. El transgresor anárquico devenido en calmo, controlado y de respuestas adormecidas y complacientes, es totalmente funcional. La civilización siempre ofició de bombero que apaga fuegos que iluminan. Asimismo, los sectores dominantes procuran mantener a los pueblos adormecidos. Así, la visión del “estar bien” que tienen las mayorías es lo más parecido a “no estar”. Pienso en Van Gogh, Hendrix, Arlt, Luca Prodán y tantos desconocidos con mentes febriles y desatadas que fueron, son y serán encerrados en infames loqueros, dejándolos consumir en sus crepitantes y no menos peligrosas llamas de creación. Todos aquellos que hoy se solazan con un Charly de mejores dientes y sonrisas prolijas no dejan de estar atentos y perversamente esperanzados en su recaída. Apenas éste recobre su conciencia y vuelva a patear algún teclado o a demoler uno de los confortables hoteles en que dormita la temerosa burguesía, volverán a defenestrarlo sin piedad.

Se me hace que la actual situación del preclaro autor de Los Dinosaurios coincide con los tiempos que corren hacia ninguna parte. Y sospecho que, en verdad, de una u otra forma, todos estamos empastillados. Ya sea absortos en nuestros telefonitos, que nos desvían la mirada del mundo real, o hipnotizados ante alguna pantalla que nos dicte todo aquello que debemos decir y opinar. ¿Será que “la grasa de las capitales” ya nos taponó toda capacidad de reacción y pensamiento personales? Será cuestión, entonces, de que cada uno pueda ser libre de graduar a su antojo las hornallas de su alma.