miércoles, 21 de noviembre de 2007

Placer negativo

Hoy, una paciente con una infancia muy difícil me decía que extrañaba a sus padres y que no sabía exactamente porqué, ya que no tenía cosas positivas para hacerlo. Le dije que eso era como sentir nostalgia de un martillazo en la cabeza. Se me quedó mirando, extrañada.

Sí, es raro, pero así funcionamos. Cualquier niño está sediento de caricias y cariño. Si no los recibe, buscará alguna forma de obtenerlos… cualquier forma… golpes, cachetazos, castigos, lo que sea… porque “lo que sea” es mejor que la indiferencia… por lo menos, es un toque físico, es un interés, es lograr la atención de los padres. Estar enfermo es otra manera. Ser brillante en la escuela, el que ayuda en todo, ser perfecto es otra.

Y así andamos por la vida… repitiendo lo que hicimos con nuestros progenitores, sin darnos cuenta de que nos estamos arruinando la existencia. Es imposible abolir el placer, así que nos hacemos adictos al “placer negativo”: al sufrimiento, a la carencia, a la frustración, a no recibir, a las humillaciones. Atraemos las personas y creamos las situaciones que nos den ese “sustento”, un alimento pobre y maldito pero un alimento al fin.

Darnos cuenta de esto es crucial para la transformación. Y la única persona que puede cambiar esa nutrición es uno mismo. Nadie de afuera podrá. Por duro y difícil que resulte esta verdad, es así. Sólo cuando uno mismo se acepta, se sana y se ama puede recibir de los demás. De lo contrario, serán relaciones también pobres y de necesidad, no de igualdad y amor recíprocos.