jueves, 22 de noviembre de 2007

La falta de eco

Una paciente confrontada con una decisión muy dura me decía que una de las opciones le parecía particularmente penosa porque no encontraría el mismo apoyo en su medio que con la otra. Como éste es uno de sus temas más importantes, le dije que esa no era una forma de decidir porque, sea cual sea la determinación que tome, siempre tendrá que aprender a sostenerse a sí misma, a apoyarse en ella porque la que tendrá que vivir con las consecuencias será ella y en su interior no hay nadie más que ella.

Me discutía que no era así y le hice notar: “ahora, tenés todos los apoyos que necesitás para tomar una de las variantes, pero no los sentís porque no crées en vos misma, porque no te sentís capaz para afrontarla. Entonces, eso te muestra que no importa el afuera en el fondo”.

Yo llamo a esta sensación la falta de eco. Para que se produzca el eco, debe haber algo contra lo cual rebote la voz o el sonido. En un desierto, no sucede. Así, sólo podemos apreciar el apoyo de los otros si nos apoyamos a nosotros mismos, podemos sentir el amor y el reconocimiento de los demás si nos amamos y reconocemos. De lo contrario, pasan de largo porque no encuentran más que ausencia.

Nos convertimos en barriles sin fondo que consumimos todo de los demás sin llenarnos jamás: siempre demandantes, siempre vacíos.