lunes, 7 de febrero de 2011

¿Vives en un mundo amable o en uno peligroso?

Durante bastante tiempo, yo albergué una persona “mala” en mí. Por momentos, era inocente, despreocupada, amorosa, confiada. Otros, estaba llena de rabia, violencia, inseguridad, era manipuladora y ventajista. Por supuesto, era mi terrible secreto, uno que me quemaba como un ácido y que me distanciaba de los demás. No es que ellos no se dieran cuenta de algunas de estas cosas: rezumaba agresión de a borbotones o era pinchuda como un puercoespín. Me odiaba tanto como odiaba al mundo.

En algún momento, comencé a plantearme esta esquizofrenia. Una de las cosas que primero me alertó fue un episodio que me sucedió cuando tendría unos 20 años. Estaba caminando por Lavalle, en el centro de Buenos Aires, y una anciana pordiosera me pegó y me insultó cuando pasé a su lado. No sólo me sorprendió porque iba distraída en mis asuntos y porque fue furioso sino porque arrancó una pregunta instantáneamente: “¿por qué a mí?”. Cientos de personas circulaban por la misma calle… ¿qué tenía yo que me eligió para sus agravios incoherentes?

En esa época, yo me ponía cualquier objetivo y lo conseguía. Los demás decían que yo tenía “suerte”. A veces, pensaba que tenían razón: mientras ellos estaban detenidos por sus prejuicios o sus miedos, yo avanzaba como un tren sin frenos. No es que no tuviera temores (tenía montones), pero mi deseo de experimentar, de conocer, de aprender eran más fuertes. Hasta que los efectos de algunos desaguisados me detuvo en seco y aprendí que todo tiene consecuencias y que había que ser responsable de lo que uno creaba.

Mi mundo estaba dividido: cosas increíbles y cosas horribles me pasaban; personas buenas y cariñosas me rodeaban al igual que otras manipuladoras y egoístas; recibía ayuda desinteresada y también indiferencia; sentía que podía lograr cualquier cosa que me propusiera y que la sociedad me lo negaría; que era omnipotente e impotente; que había un bien y un mal… ¿o no? El camino espiritual se estaba desplegando al igual que mi conciencia.

Entonces, no sé adónde, leí que la gran pregunta que definía todo era: ¿es este un mundo amable o uno peligroso? Según la respuesta que nos diéramos, era lo que encontraríamos. Yo me estaba planteando uno peligroso, que reflejaba mis propios aspectos “malos”. La vieja que me pegó era un espejo, de mi violencia, de mi nula autoestima, de esa idea de que la vida estaba en mi contra o de que se me castigaría por mis pecados. Cuando me desconectaba de eso, aparecía un mundo que me protegía, me seguía en mis juegos, se mostraba brillante y bello. ¿Cuál de los dos era real? Los dos, por supuesto. Y ninguno.

Esta es una ilusión poderosa que le da a cada uno lo que quiere ver y experimentar. Es una realidad inmensamente variada y múltiple, pero, a la vez, muy acotada: buena o mala, amable o peligrosa. Esta última incluye al Demonio, la Nada, el Otro, la Maldad, el Enemigo, etc. ¿Cómo salir de la ilusión? Saliendo del Ego, yendo a la Unidad.

Cuando acepté e integré a mi “mala” como un aspecto mío (uno sumamente enriquecedor y pleno de aprendizajes), también acepté e integré a mi “buena” y cesaron las luchas y los conflictos con el exterior. El mundo se hizo amable. O sea, digno de ser amado. Como yo.


Así como la situación con la anciana fue un marcador, hubo otro para este cambio. Yo había sido robada unas cuantas veces, hurtos menores pero a veces muy costosos (más reflejos de mis traumas internos…). Una desierta noche de invierno, voy a ver a una amiga. Normalmente, cruzaba las barrancas, pero, al poner un pie para ir en esa dirección, escucho claramente una voz en mi cabeza que me advierte: “no vayas por ahí”. No le hago caso. Un hombre aparece en la oscuridad y me pide dinero. Yo llevaba muy poco y se lo doy. Me pide más, le digo que no tengo. Saca un enorme revolver y me dice: “señora, démelo, que se lo estoy pidiendo con respeto”. Casi me da un ataque de risa. No sólo por lo absurdo de las palabras y la situación sino porque me siento absurdamente tranquila y cuidada. Le contesto sonriente y calmadamente que no tiene sentido seguir porque no tengo nada más. Me dice que me vaya y lo despido con un “que te vaya bien” que me sale solo. Desde ese momento, nunca más me robaron ni atravesé ninguna circunstancia peligrosa (y seguí los consejos que recibí…).

Hace poco, una persona se comenzó a quejar de lo maleducada que estaba la gente, de la violencia que tenía, que la chocaban y ni disculpas le pedían, que la trataban mal en cualquier lado. Recordé que, antes, a mí también me pasaba. A partir de habitar un mundo amable, no sólo me dejó de suceder, sino que me di cuenta de que no se me despega de los labios el “gracias” y el “perdón”. Si, por casualidad, tengo un mínimo choque con alguien, pido perdón inmediatamente (aunque el otro lo hubiera provocado) y el otro hace lo mismo, al instante. Y en cualquier lado, no solamente en lugares “educados”, sea donde sea. Es como si todo transcurriera entre sábanas de seda. Y si no es así es porque YO me pierdo, porque me distraigo y me olvido de que el mundo es amable, de que Dios/Diosa está detrás de la fachada, de que soy Amor y reflejo amor.

3 comentarios:

La reina de la miel dijo...

Maravillosa entrada, muy necesaria, muy pertinente. Te enlazo :-)

Malena dijo...

Me encanto, a veces me identifico tanto con tus razonamientos, que me aflige no ser capaz de sanar esas areas mias que intuyo,no... ¡que se! que estan equivocadas. Gracias

LAURA FOLETTO dijo...

¡Gracias a ambas!
Malena: ¿te ayudo?