lunes, 13 de abril de 2015

¿Víctima o Salvador? Nadie gana en este juego.

Hace poco, una nueva consultante me decía compungida: “Al final, haberlo apañado tanto tiempo fue peor; debería haberlo dejado enfrentarse con la realidad hasta que aprendiera”.  Se refería a su hijo, a quien ella (en contra de su marido) había “cuidado” por más de 45 años como a un niño que siempre tenía mala suerte y lo engañaban en sus trabajos.  La verdad era que su hijo se había acostumbrado a que su madre lo sacara continuamente de las dificultades y no había madurado de acuerdo a su edad.

Mucha gente que tiene el síndrome del Ayudador cae bajo estas supuestas víctimas.  Cada uno está jugando el rol que más le calza y ninguno de los dos crece.  Las “Ambulancias” (porque siempre están corriendo atrás de los dramas de los demás) no son tan buenas y solidarias como parecen.  En el fondo, no soportan el dolor de los otros porque no pueden soportar el propio.  Al ver reflejados sus problemas internos, corren a solucionar los de afuera sin ocuparse de los suyos.  Para colmo, adquieren una pátina de reconocimiento y gratitud que los hace sentir bondadosos y plenos, lo cual tapa cualquier traba de autoestima o inferioridad que tengan.  Sus socorridos han conocido desde chicos la comodidad de que otros le arreglen sus desafíos y tienen un radar para ubicar ambulancias que sigan preservándolos de desarrollarse.  Algunos son concientes de esta manipulación y otros creen que no valen y que precisan que los asistan siempre. 

El resultado final es que los salvadores terminan agotados y vacíos y las víctimas más empobrecidas y débiles.  Nadie gana en este juego.  La sobreprotección genera bajo nivel de tolerancia a la frustración y la falta de auto-contención y satisfacción.  Forma niños eternos, necesitados.  En un extremo, están los que se muestran como infantiles y en el otro los que actúan de madres/padres.  Son las dos caras de una misma moneda; es una dependencia mutua.



Mi consultante actúa como un almohadón.  Ante cada posible o real choque de su hijo, ella le pone un confortable amortiguador para protegerlo.  El problema es que no sucede solo un par de veces: es una escalada.  Si cae de un primer piso sobre un gran almohadón, no se lastima; si lo hace de un décimo piso, se estrella malamente.  Además, en cada salvada, él aumenta su creencia de que es frágil, de que no sirve, de que no es suficiente.  Y con esto también remonta el resentimiento hacia el ayudador, porque, en el fondo, hay un tema de poder en esta relación.  Yo puedo y tú no. 

Esta juego no es privativo de los padres (sobre todo de las madres, porque a las mujeres le han reforzado este rol como función fundamental).  Lo llevan adelante también otros miembros de la familia (hermanos mayores, por ejemplo), amigos, personas con dinero y, más allá, instituciones y gobiernos, que refuerzan la articulación víctimas/salvadores.  ¿Qué se logra con esto?  Que nadie sea conciente de su poder interno, de su fuerza, de sus posibilidades de aprendizaje y superación, de su capacidad de creación y construcción, de su madurez, de su habilidad de contenerse y amarse, de su disposición para la sabiduría y la guía interior. 

Estamos en procesos de reconocer el valor de lo que somos y de concretarlo.  Cada vez que no permitimos que el otro aprenda y madure, lo debilitamos y no le dejamos reconocer su potencial.  Cada vez que hacemos esto con nosotros mismos, no nos concedemos brillar tan intensamente como podemos.  Aunque no nos demos cuenta, en los últimos tiempos, hemos estado liberando mucho de lo que nos atrapaba en la oscuridad de las limitaciones y carencias.  Aprovechemos la Luz de la Nueva Energía para iluminar nuestros más grandes sueños y llevarlos a la realidad de una Tierra amable.  Es la mejor ayuda que podemos brindar: la del ejemplo de que se puede vivir feliz, abundante, creativo y amoroso.