martes, 28 de abril de 2015

¿Sigues tus ritmos y te facilitas la vida?

Entre las Leyes Universales de la Metafísica, está la del Ritmo: «Todo fluye y refluye; todo tiene sus períodos de avance y retroceso, todo asciende y desciende; todo se mueve como un péndulo; la medida de su movimiento hacia la derecha, es la misma que la de su movimiento hacia la izquierda; el ritmo es la compensación.»

Desde hace mucho, observo las oleadas que se suceden y no dejo de sorprenderme.  Cuando estoy bastante tiempo en un lugar, por ejemplo, veo el constante flujo y reflujo de personas.  Se nota en los bares, los lugares públicos, el tránsito, los ascensores, etc.  No me refiero al horario normal de entrada y salida o de horas pico, sino a ese otro ritmo más insondable del que no tenemos registro y del que, no obstante, somos protagonistas casi involuntarios.  Escucho el edificio en silencio y abro la puerta para ir hacia la terraza; en ese mismo instante, dos personas salen: ¿qué hizo que, en un inmueble chico, a los tres se nos ocurriera salir en ese segundo?  Las oleadas de ritmos pueden ser de años, meses, días u horas.  ¿Has notado que, de pronto, hay una cima de actividades múltiples impresionante, que finaliza tan rápido como comenzó?  ¿Has percibido semanas tranquilas y semanas frenéticas?  Hace mucho, anoto mis turnos con lápiz porque los cambios pueden ser caóticos y, también por eso, decidí dejarle mi agenda a mi Alma, porque yo no tengo la capacidad de arreglar semejantes vaivenes.

En nuestra sociedad industrializada, queremos que el ritmo sea siempre ascendente y jamás se detenga, como en el gráfico de ventas ideal.  Nos enojamos o nos desilusionamos cuando algo nos frena.  La electricidad y la luz artificial nos han alejado de los ritmos naturales, aunque el cuerpo los continúa imperturbable.  Siempre queremos más y es justamente el cuerpo el que nos detiene, con alguna enfermedad o accidente, para que nos tomemos el tiempo de reflexionar, de evaluar, de finalizar algo, de preparar lo nuevo, de descansar, de disfrutar. 

Creemos que ser exitosos y plenos es estar en movimiento.  Parece que nos horroriza quedarnos quietos.  Es símbolo de pereza, de fracaso, de vacío.  Sin embargo, en estos tiempos acelerados, detenernos y conectarnos es la solución que no tomamos en cuenta.  La rapidez es enemiga de la profundidad.  Es como las olas, que están en la superficie; ellas van y vienen, pero las corrientes que todo lo mueven están muy por debajo.



Como no tenemos un punto de vista amplio y abarcador (el Ego no ve más allá de sus narices, por más que piense que es omnisciente), nos perdemos de los ritmos con que nuestra vida se despliega.  Queremos forzar situaciones y/o personas para que suceda lo que deseamos, cuando deseamos, como deseamos.  Como le comentaba a una consultante, a veces lo conseguimos, porque nuestra Alma es tan sabia (y pícara) que nos da lo que queremos solo para que seamos concientes de que no es lo que nos conviene (y de que no todo lo que reluce es oro).  Por eso, la insistencia en que “todo es mente” y que lograremos los deseos a través de los pensamientos es equivocada.  No son los pensamientos de nuestro Ego los que dirigen nuestra vida, son los planes de nuestra Alma. 


Como habrás descubierto, los ritmos actuales son más rápidos; pasamos del vals al rap.  Las consecuencias de lo que hemos pensado, sentido, dicho y actuado y la materialización de ello que antes podían tardar años (y hasta vidas) ahora están a la vuelta de la esquina.  Más razón para respetar los reflujos y reflexionar.  Nos perdemos la Vida al correr.  La guía de nuestra Alma está siempre disponible, pero su voz es suave, baja, profunda.  Es amiga del silencio y la quietud.  Aun en medio del trajín, podemos estar en silencio interior y concientes de que no estamos solos ni perdidos ni abandonados y escuchar-nos.  Confiando y en paz, podremos seguir los ritmos armoniosos que nos conectan con todo.