lunes, 23 de marzo de 2015

¿Qué mundo le estamos dejando a los jóvenes (y a nosotros)?

Charlando con una ex paciente, me contó que había pasado un rato con un nieto de ocho años.  Al final, él le había dicho: “¡Abuela, no hice nada en toda la mañana!”.  Ella le respondió que habían jugado, conversado y almorzado.  Pero él, entre enojado y angustiado, le volvió a decir que “¡había perdido el tiempo!”.

Estamos mal como sociedad si los niños tienen esta idea de la vida.  El otro día, pasé por enfrente de un Jardín de Infantes a la salida al mediodía.  Se me ocurrió que ahora, desde bebés, los levantan a la madrugada y les imponen horarios para la escuela, los deportes, las actividades extras, los encuentros con amigos, etc.  Si luego siguen la Universidad, han pasado 25 años repletos de agendas y obligaciones, que los preparan para profundizarlo en el trabajo.  No me extraña que muchos chicos, hartos y cansados, se arruinen en una adolescencia alargada.  Cada vez más, escucho de nuevas “modas” entre jóvenes que son muy auto-destructivas (además de devastadoras para otros).  Incluyen drogas, alcohol, salidas nocturnas hasta el día siguiente, sexo descuidado, deportes extremos, etc. 

A propósito de una conversación, recordé mi propia adolescencia.  Tenía entre 10 y 20 años cuando la generación de los años 60 proclamó la revolución de paz y amor.  Creíamos que íbamos a cambiar el mundo.   Yo tenía un entusiasmo y una exaltación maravillosos por el futuro que estábamos destinados a crear.  En los 70, todo terminó en violencia y revolución por las armas.  Y sigue…  No tanto por las armas, sino por el consumo y un estilo de vida ligado a la actividad incesante.  “Plenitud” significa ahora tener la vida ocupada constantemente.  No nos podemos perder nada.  Tenemos que hacer y tener todo.  Le tememos al vacío…



Es interesante que lo Femenino tenga relación justamente con el Vacío (en lo físico, con el útero, y, en lo espiritual, con el espacio potencial del que nace la Creación).  Estamos en una sociedad patriarcal que ha pervertido las cualidades Masculinas, llevándolas a un extremo que agota y denigra la vida.  No podemos Hacer continuamente desde el Ego, sin detenernos a escuchar lo que desea nuestro Ser y articular desde ese lugar.

Las mujeres somos las que más hemos sufrido este “avance”.  Ya no solo debemos ser esposas y madres perfectas (una idealización social surgida en la modernidad) sino también profesionales y mujeres exitosas, delgadas, inteligentes, cultas y muchas pretensiones más.  Los hombres han visto ahondado su rol de proveedores (ahora para unas cuantas familias, con tantos divorcios) e incrementado otros, como ser atléticos y apuestos por ejemplo.  La exigencia de lucir jóvenes es para ambos.

No quiero sugerir que cualquier tiempo pasado fue mejor.  Ciertamente, pienso que no hay mejor tiempo que el presente.  Esta pequeña reflexión intenta que nos tomemos este tiempo que decimos que no tenemos para hacernos las grandes preguntas que quizás jamás nos planteamos: ¿quién soy?, ¿cómo quiero vivir?, ¿qué tiene valor para mí?, ¿cómo comparto esto con los demás?

En los comienzos de la modernidad, se creía que la humanidad tendría tiempo para el ocio, ya que las máquinas harían el trabajo.  Es desalmado observar cómo estamos a merced de las máquinas y sin tiempo para nosotros y lo esencial.  Es común decir que nada externo nos dará la felicidad y que no nos llevaremos nada cuando nos vayamos.  Es teoría.  En la práctica, hacemos lo contrario.  Igual que con Dios, del que decimos que es Amor.  En lo cotidiano, convivimos con un Dios cruel y malévolo, ya que no confiamos en Él porque creemos que somos entes abandonados a la lotería de una realidad violenta y sin sentido.  En la realidad, compartimos una existencia desacralizada y materialista.


Está en nosotros (no en los gobiernos, la religión, la sociedad ni los medios) el volver la mirada hacia adentro y descubrir la Luz que brilla siempre en nuestros corazones.  A partir de Ella, podemos crear un mundo sagrado y amable e ir desactivando éste gobernado por el Ego.  Es mi compromiso.  Te acompaño.