miércoles, 18 de junio de 2014

Hágase la Luz

Hace muchísimos años, tenía serias dificultades para expresar algunas emociones e ideas.  Mi cabeza bullía de información y mi cuerpo se agitaba con sensaciones, pero no podía ponerlas en palabras o me daba vergüenza o miedo comunicarlas.  Incluso creía que nadie sentía o pensaba como yo.

Finalmente, me propuse comenzar a hacerlo.  Con gran miedo, con la voz temblorosa, dije algo que tenía atragantado.  Recuerdo claramente la sorpresa de escuchar mi voz.  Fue un momento clave en mi vida.  Era muy distinto oír el constante parloteo en mi cabeza que el sonido que mi garganta producía y el efecto que causaba en mí y en los demás.  Era adueñarme de mi voz, era definirme, era compartir.  

Noté unas cuantas consecuencias.  Una era que, al escucharme, me daba cuenta de que no era tan importante como yo lo creía cuando estaba oculto en mí (a veces, al revés: abría un mundo al pronunciarlo).  Otra era que no provocaba el resultado en los otros que yo temía.  Otra era que me permitía continuar con una línea de pensamiento más específica, ya que tenía que precisar lo que decía (en lugar de las digresiones continuas de la mente) y así encontraba respuestas que no hubieran salido de otra forma.

En relación con los otros, tomaba conciencia de que no era tan “rara” como pensaba y que había algunas personas que eran parecidas y podíamos compartirlo.  En otras ocasiones, mi voz era única y tenía algo nuevo que aportar. Sea como sea, era muy gratificante comunicarme.



La palabra (hablada o escrita) es el segundo nivel de creación: pensamiento, palabra, acción.  Cuando bajamos lo que pensamos a través del sonido, le damos entidad y propiciamos génesis.  Darle la importancia que merece implica cuidar y valorar lo que decimos, definirnos amorosamente, crear luminosamente.