sábado, 13 de abril de 2013

Una adicción encubierta



En estos tiempos modernos, conocemos (y padecemos) unas cuantas adicciones: al alcohol, las drogas (ilegales o prescriptas), la comida, el trabajo, las compras, etc.  Hay una que es más común y extendida que todas esas, pero invisible: hablar de los problemas.

Todos los días, nos quejamos, nos victimizamos, nos enorgullecemos, nos hartamos de cacarear cuántos problemas tenemos.  Es más, somos expertos en hacer un problema de cualquier nimiedad que esté dando vueltas.  Vivimos cargando la pesada cruz de los inconvenientes personales, familiares, sociales y espirituales… y si no tenemos a quién contárselos, entonces los mascullamos para adentro.

Para colmo, existe la creencia de que contar las cosas las hace más livianas.  Es al revés: las revivimos (sobre todo emocionalmente), por lo que nunca nos libramos de ellas, sino que las repetimos interna y externamente.  Un problema…  jaja!

¿Y si hacemos dieta de lo negativo?  ¿Y si solucionamos los problemas?  ¿Y si hablamos de las alegrías, de los logros, de lo nuevo?  ¿Y si nos llenamos la boca de bendiciones?