lunes, 30 de mayo de 2011

¿Esperas tu respuesta confiadamente?

Soy ariana (muy trabajada por mi ascendente Piscis!) y detesto dar tiempo al tiempo: definitivamente, la paciencia no es una de mis virtudes. Esto ha constituido un enorme camino de aprendizaje, por supuesto. En mis primeros años, he arrasado con lo que se me ponía delante, bebiendo la vida de un trago, haciendo lo que se me ocurría y dejando atrás lo que tardaba o no podía perseverar. También, apuré situaciones y personas por no soportar la incertidumbre. No todo fue malo: tanta actividad acelerada me dejó muchísimos conocimientos, experiencias, amigos, lugares que me brindaron plenitud, alegrías, afectos.

A medida que maduraba, el sentido del tiempo cambió. Comencé a apreciar el estar, el permitir el proceso, el morar, el respirar sosegado. A las disparadas, se mira. Arraigado, se ve. Corriendo, se multiplica, superficialmente. Estando, se suma, profundamente.

Una parte de mí apareció. Una que disfrutaba el acontecer, que encontraba ligazones entre el adentro y el afuera, que abría espacios en los que no había tiempos, que era pura presencia, presente.

Comprendí que esto era una cualidad femenina. Mientras que lo masculino persigue objetivos, hace camino al andar, lo femenino aguarda, anida, sostiene, nutre. El espermatozoide avanza frenéticamente, en una carrera a muerte, con sólo un vencedor. El óvulo permanece, sereno y seguro, para abrirse a quien decida.


Empecé a valorar la paciencia, la espera. Lo que me enojaba y frustraba como un lapso inútil y vacío, como pasividad nula se transformó en un tiempo fértil, libre y disponible, en una energía expectante, preñada, que polariza de acuerdo a su misma vibración, que no espera una propuesta sino que atrae la oportunidad de una respuesta. Una respuesta que yace en el centro mismo del ser.

En lugar de considerar la espera como una parada, un retraso, una interrupción, se trata de continuar con la vida mientras se aguarda el cambio, el avance en algo que se anhela, que crece dentro, que se imagina y se siente interiormente hasta que se concreta afuera. Una inefable gestación.

A veces, se espera para que algo se revele por primera vez; para que se desanude, se resuelva; para que se manifieste; para que sea comprendida; para que se reconozca y se acepte; para que se integre y sea; para que ilumine.

Así como la aceptación no es resignación ni sometimiento sino permitir que la Vida se explique por sí misma, en la fe de que lo que pasa tiene un propósito, la paciencia no es padecimiento ni aguante. Se genera un gran dinamismo al reutilizar positivamente la energía que se pierde en luchar y ponerse en contra de todo. Aceptación y paciencia implican una actitud de apertura, juego y aprendizaje, que va fundando confianza.


Cuando esperamos, cuando nos hallamos en presencia confiamos. Lo que parecía estrecho, yermo o ansioso, se muestra vivo, fecundo, creativo. Para parir, para parirnos, para parir esta Nueva Energía, necesitamos confiar en la esencia que nos habita y permitirle desplegarse en nosotros, en otros, en un mundo amable.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Laura, voy a leer este texto en las tertulias de los viernes que llevamos un grupito de mujeres y que poco a poco vamos dándole contenido y forma a dichas tertulias. Es de una claridad y sencillez que seguro que nos permitirá diálogo y apertura entre todas, asi que gracias de antemano y sobre todo por llenar de luz tu hermoso blog.
Saluditos desde Asturias.
Mariló

LAURA FOLETTO dijo...

¡Gracias, Mariló! Por compartirlo y por tus hermosas palabras. Entre todos, llenamos el mundo de Luz. Besos desde Buenos Aires.