viernes, 20 de febrero de 2015

¿Te planteaste qué estilo de vida quieres o simplemente trabajas?

Cuando terminé la secundaria, no sabía que estudiar. Todo me gustaba, pero nada lo suficiente.  Tenía que trabajar, así que me decidí por inglés, taquigrafía y máquina de escribir (¿se puede ser más antigua??).  Quería estar en una gran empresa.  Me contrató una multinacional.  A los cinco años, se me agotó el interés.  Deseaba algo creativo.  Estuve en una agencia de publicidad.  Se me ocurrió algo más divertido.  Terminé en un instituto que organizaba eventos.  Me harté de tener problemas con la autoridad; quería ser independiente, sin horarios, sin jefes, que lo que ganara derivara de mí.  Fui vendedora de intangibles muchos años, mientras estudiaba múltiples cosas.  Tuve una enorme crisis acerca del trabajo y descubrí que quería hacer lo que estoy haciendo.  Me propuse adónde, cómo, con quiénes y cuánto.  Y lo voy renovando cada tanto. 

¿Por qué cuento esto?  Porque me doy cuenta de que a la mayoría de las personas no se les ocurre preguntarse qué clase de vida quieren vivir.  Muchos creen que es suficiente con elegir una profesión y que todo lo demás vendrá solo.  Casi nunca lo es. 

En principio, la selección está influida por distintos motivos.  Algunas veces por la vocación, pero, aun así, por la utilidad económica, el status, el prestigio, la tradición familiar, la inercia, las oportunidades, lo que propone el mercado, lo que hay, etc.

Generalmente, esa decisión no está previamente informada acerca de cómo se desarrolla ese empleo y, luego, por la forma individual en que uno desea abordarlo.  Así, alguien puede encontrarse trabajando doce horas por día, ganando poco y sintiéndose frustrado, porque nunca se planteó lo fundamental: eligió una actividad en lugar de un estilo de vida.

Una consultante me decía que quería cambiar de trabajo y que una posibilidad era algo que le gustaba como hobby.  Cuando comencé a esbozarle lo que ello significaba en cuanto a formación, tiempo, disponibilidad, lo que ganaría, lo que tendría que hacer para conseguir clientes, se sorprendió.  No quería vivir así, ni tenía el temperamento para ello.  Otra quería hacer cambios dentro de su actual trabajo, pero no pensaba en las horas que invertiría ni en la clase de personas con quienes se relacionaría ni en el potencial interno que deseaba desarrollar.

Terminamos prisioneros de las no-decisiones fundamentales.  La sociedad nos vende los espejitos de colores que le conviene y los perseguimos, dejando jirones de nosotros mismos en el camino.  Al final, ni nos reconocemos en lo que nos hemos convertido.  La pregunta esencial es: ¿quién soy y cómo quiero vivir?



Esto tiene otros interrogantes adicionales:

-      ¿Cómo es mi día?
-      ¿Con qué clase de personas estoy?
-      ¿Cómo me tratan, me reconocen, me incentivan?
-      ¿En qué ambiente me desenvuelvo?
-      ¿Cuántas horas le dedico?
-      ¿Cuánto gano?
-      ¿Cuánto tiempo viajo para ir y volver?
-      ¿Qué cualidades y recursos que ya poseo perfecciono?
-      ¿Qué quiero aprender? 
-      ¿Qué partes de mi personalidad deseo profundizar y desplegar (ser más confiado, más disciplinado, más relajado, más sociable, más creativo, etc.).
-      ¿Es para siempre (¿existe el para siempre hoy?) o por un tiempo o mientras descubro otras oportunidades?
-      ¿Mi capital depende de mi trabajo o además de otras posibilidades (inversiones, ahorro, otras actividades paralelas, etc.)?

Este tipo de preguntas también son pertinentes acerca de una pareja.  No es “contigo, pan y cebolla”.  Sentarse a charlar con el otro acerca de lo que cada uno desea en la vida de relación es prioritario. 


Cuando definimos cómo queremos vivir, eso constituye el Norte, el foco adonde contrastamos todo lo demás: ¿esto está en consonancia con nuestra meta?  Si lo está, adelante.  Si no, lo dejamos.  Implica actitudes, personas, situaciones, lugares.  Si queremos vivir felices, ¿estamos en la posición adecuada?  Y no se trata de huir de desafíos personales de crecimiento ni de superficialidades.  Se trata de ser íntegros con nuestra esencia.  Siempre es posible lograrlo.  La Nueva Energía guía, apoya y sustenta lo que hagamos al respecto, porque estamos liberando nuestra conexión con nuestra Alma, con la Luz que brilla fulgurante en nuestro corazón.