lunes, 9 de febrero de 2015

¿Te duele tu pasado como si sucediera hoy? ¡Libérate!

Una consultante me contaba un encuentro con su padre, en el cual él le había contado algunas circunstancias de su infancia con sus abuelos.  Además de aclararle ciertos comportamientos propios (mandatos que se pasan de generación en generación), le llamó la atención la forma en que su padre “revivía” los hechos, tan visceralmente, como si los estuviera pasando ahora.

Otra consultante, que volvía de pasar unos días con su familia, refería algo parecido: le extrañaba que sus hermanos siguieran aferrados a comportamientos de la niñez y tuvieran reacciones tan exaltadas por cuestiones que ella ya había dejado atrás.

Los asuntos infantiles (que son el núcleo de nuestra personalidad y de nuestros aprendizajes en cada encarnación) no se superan con los años.  Es una falacia que el tiempo, por sí mismo, cura todo.  Si no hemos logrado elaborarlos, los traumas continuarán vivos por el resto de nuestras vidas.  Tendremos ochenta años y seguiremos actuando emocionalmente como de cinco.

En términos generales, los adultos mayores han vivido con las consignas de su propio tiempo e indagar en sus problemas internos no ha sido una prioridad, ni siquiera algo a considerar.  Como me decía mi madre: “piensas demasiado”. 

Lo común era que uno continuara con las tradiciones familiares, no sólo en cuanto a trabajos o propiedades, sino también a formas de pensar, de sentir, de actuar, de educar, etc.  Nadie se preguntaba si eso era correcto o no, si servía o no: era así.  Como mucho, uno se quejaba o se rebelaba, pero no se cambiaba esencialmente.

A partir del psicoanálisis y del fuerte progreso tecnológico, las nuevas generaciones comenzaron a indagar en sus orígenes para hallar esos conflictos que les impedían ser ellos mismos y tener sus propias metas.





Un escollo habitual que se presenta es que tenemos “lealtad familiar”.  Educados en la culpa, sentimos que no podemos ser mejores que nuestros ancestros.  Presos de una falsa fidelidad, nos boicoteamos para no superar sus mandatos, tanto sea económicos (“somos pobres, pero honrados”) o educativos (“somos universitarios, lo demás no está a la altura”), o emocionales (“nosotros no lloramos”), por ejemplo.

La falta de conciencia de estas pautas hace que las continuemos, aunque lógicamente sepamos que no nos sirven.  Aquí es donde se nota esta dualidad entre una parte adulta (racional) que desea mejores modelos para vivir y otra parte infantil (emocional) que está atada a lo familiar.  A veces, nos damos cuenta de esta dinámica, pero no sabemos cómo liberarnos, sin pelearnos.  Buscar ayuda es la clave entonces.

Nos cuesta pensar que nuestra infancia puede tener tanto poder.  Seguimos adelante, tapando el sufrimiento, creyendo que el tiempo sanará las heridas, considerando que ya somos grandes y que las dominamos.  Hay dos indicios para saber si realmente es así.  Uno es que podemos hablar del pasado o de circunstancias difíciles sin cerrarnos ni caer en emociones insuperables. Sus enseñanzas han sido incorporadas  y hay una actitud de paz y confianza al respecto.  El otro es que hemos logrado lo que nos hemos propuesto y lo compartimos alegre y abundantemente.


Los demás son espejos en donde nos podemos observar.  Nuestra familia provee las condiciones para los aprendizajes que vinimos a hacer.  Como comenté en otro Boletín, es tiempo de asimilarlos, soltarlos y crear las condiciones personales en las que queremos vivir en un nuevo mundo.  Está en nuestras manos.

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