lunes, 7 de julio de 2014

¿Tercerizas o vives íntegramente?

Tercerizar, es decir contratar un proveedor externo para realizar actividades que se podrían realizar en la empresa, no se hace sólo con los empleos. También, es posible con las emociones y comunicaciones. 

¿Recuerdas cuando tu madre te decía que “ya le voy a contar a tu papá y él te va a castigar” o “tu padre se siente mal con lo que hiciste”?  ¿O cuando tu cónyuge te requirió que hablaras con tu madre porque no le gustó algo que hizo?   ¿O cuando le comentaste algo negativo de alguien a un compañero de trabajo?  Es lo más común, tanto en las familias como en cualquier conexión interpersonal. 

Evitamos la desavenencia a cualquier costo.  En general, no hemos sido educados en decir lo que sentimos y pensamos directamente, con respeto y calma.  Además, como si fuésemos niños, creemos que vamos a perder el cariño o el nexo con la otra persona, por lo que nos callamos o tercerizamos.  Haciendo esto, pensamos que nos “protegemos” de las consecuencias.  El problema es que así nunca desarrollamos relaciones sinceras, nutritivas y plenas.

Asiduamente, mis consultantes relatan los perjuicios ocasionados por esta práctica, pero les cuesta encarar el diálogo fructífero.  Como conté en el post “Hágase la Luz” en Facebook, animarse a hablar, a pesar del miedo y la vergüenza, es maravilloso: “recuerdo claramente la sorpresa de escuchar mi voz. Fue un momento clave en mi vida. Era muy distinto oír el constante parloteo en mi cabeza que el sonido que mi garganta producía y el efecto que causaba en mí y en los demás. Era adueñarme de mi voz, era definirme, eracompartir.  La palabra (hablada o escrita) es el segundo nivel de creación: pensamiento, palabra, acción. Cuando bajamos lo que pensamos a través del sonido, le damos entidad y propiciamos génesis. Darle la importancia que merece implica cuidar y valorar lo que decimos, definirnos amorosamente, crear luminosamente.”


El error principal es querer comenzar con asuntos importantes, cuando aún no tenemos en claro internamente una decisión o una actitud.  Es mejor iniciarse con pequeños parlamentos que refieran a nuestros gustos y disgustos, a contribuciones y sugerencias, a cualidades que apreciamos del otro, etc.  Lamentablemente, muchos creen que ser sinceros y abiertos es vomitar todo lo que han callado o pontificar acerca de lo que “debe” de ser.  Nada menos cierto.  Abrir el diálogo o comunicar lo que uno siente o piensa es expresarse, desde el respeto por uno mismo y por el otro, en la búsqueda de conocerse, aprender, evolucionar, armonizar, avenir o desavenir con integridad, construir, crear, amar verdaderamente.

Hablar desde el enojo, el resentimiento, la culpa o el reproche cierra toda puerta.  Hacerlo desde el deseo de mostrar nuestra vulnerabilidad y verdad abre el corazón del otro o, por lo menos, lo predispone a escuchar.  Para ello, es necesario tener conciencia propia, saber los pliegues y repliegues de nuestro ser y querer vivir completos y felices.  Si no lo podemos hacer desde una energía amable, por lo menos hablemos desde la neutralidad, limpiándonos todo lo posible de las cargas negativas.  Así, la palabra será claridad en el caos, luz en la oscuridad.  Y el silencio nos encontrará en la mirada del amor.