lunes, 13 de enero de 2014

¿Estás pendiente del "qué dirán"?

Soy de una pequeña ciudad del interior de Argentina y una cosa que me irritaba era el constante reniego de mi madre acerca de mi conducta: “¿qué van a decir los vecinos?”.  Ella y ellos se juntaban para intercambiar información acerca de lo que espiaban por detrás de las persianas cerradas.  Cuando nos mudamos a Buenos Aires, a otra ciudad chica del conurbano, la cosa no cambió.  Siendo rebelde y rara, yo era un blanco fácil.  Cuando me fui a vivir sola, mi madre lo ocultó por vergüenza por años.

En pleno centro de una gran urbe, me sentí libre finalmente.  Pocos me conocían y parecía que a nadie le importaba nada.  Con el tiempo, comencé a darme cuenta de que no era tan simple.   Tanta persecución había hecho su efecto y a una parte mía le influenciaba lo que opinaran los otros.  Tuve que hacer todo un trabajo interno para “limpiar” esta censura y obrar de acuerdo a mi esencia.

Pareciera que en estos tiempos modernos la costumbre está perimida… pero no es así.  Frecuentemente, escucho de pacientes y conocidos las trabas que ello significa y  los sufrimientos que depara.  Esta manía social es la consecuencia (terrible) de la interrelación que tenemos con nuestros progenitores primero y con los demás después.  Cuando niños, estuvimos pendientes del reconocimiento y la aprobación de nuestros padres constantemente.  Era el combustible para nuestra autoestima y crecimiento.  La mayoría de nosotros no la tuvimos como la necesitamos y deseamos, así que, de grandes,  salimos a buscarla neuróticamente.  Por un lado, hacemos cualquier cosa con tal de obtenerla; por otro, atraemos lo contrario porque así estamos programados (repetimos lo que conocimos en la niñez); por otro, criticamos a los demás, como nuestros padres hicieron con nosotros (más de lo mismo).  Es un cóctel explosivo: nadie vive feliz.

Nuestra mirada está siempre en el afuera, afectada por la reacción del otro.  Usada con cuidado, ella puede ser positiva si amplía y enriquece la nuestra, pero… ¿tenemos una propia?   En general no.  Para percibirla, es necesario que miremos hacia adentro.  Que comencemos a reconocernos en nuestras sombras y luminosidades, en nuestros logros y potencialidades.  Que nos aprobemos sin perfeccionismos ni exigencias.  Que nos disfrutemos con merecimientos y complacencias.  Que nos desarrollemos con entusiasmo e inspiración.  Que creemos y creamos en amor y confianza. 




Entonces, cuando nuestras miradas se encuentren, sabremos quiénes somos y qué queremos y nos apoyaremos en el camino.  En algún momento, sabremos que la chispa que brilla en el fondo de los ojos es la mirada siempre amorosa de Dios/Diosa y nos reconoceremos hermanos.