lunes, 21 de octubre de 2013

¿Asumes la soberanía de tu vida?

Esta semana, varios pacientes atravesaron un registro parecido: cómo liberar características de su personalidad que le impedían transformarse.  Sean emocionalidad, pesimismo, desvalorización, limitaciones, el hecho es que parecían barreras casi infranqueables hacia lo que deseaban.

Esto es algo común, ya que romper la inercia es una de las cosas más arduas.  Al estar inmersos en una cotidianeidad sin discernimiento, somos conducidos pobremente por un niño de ocho años.  Por más adultos que nos creamos, la realidad es que nuestras emociones y nuestros traumas perviven en el tiempo y no desaparecen mágicamente.  Estamos moldeados por lo que nos ha sucedido hasta alrededor de los ocho años, por cómo hemos interpretado las experiencias con nuestros padres y la sociedad, por los mandatos que hemos incorporado.  Casi nadie se toma la tarea de revisarlos y elegir nuevos parámetros. 

Cuando lo hacemos, cuando comenzamos a adquirir conciencia, emergen los condicionamientos internos y la inercia que traemos con ellos se hace densa.  Deseamos el cambio pero también lo rechazamos y le tememos.  Nuestro Niño Interno no sabe lidiar con lo desconocido, se aferra a lo que domina, aún a costa del sufrimiento.  Debemos calmarlo, contenerlo y enseñarle nuevos recursos.  Verdaderamente, esta labor es LA misión que traemos.

Estos condicionamientos han desarrollado distintos Aspectos dentro de nosotros:   somos una multitud.  Las heridas más fuertes del Niño han creado monstruos muchas veces: la víctima, el inseguro, el obsesivo, la miedosa, el exigente, la protectora, etc.  Ellos nos llevan de las narices.  Se arrogan el derecho de ser Yo.  Es interesante que decimos Yo cuando ciertamente está hablando sólo una parte.  Y una parte no es más fuerte que la totalidad.  Debemos darnos cuenta de esto y no proveer más energía a estos Yoes (luego de averiguar su propósito), mientras alimentamos a otros que hemos mantenido hambreados por creer que no existen: también tenemos Aspectos confiados, valientes, poderosos, divertidos, sabios.

Esto mismo sucede con las emociones.  Las sobrevaloramos como representantes válidos de lo que somos.  “Yo siento” parece ser lo más real de nosotros.  No lo es.  Las emociones son pensamientos bajados al cuerpo, son mensajes pasajeros que nos permiten darnos cuenta de cómo nos sentimos.  Y por más intensas que sean, las podemos controlar y transmutar hacia sensaciones más serenas, centradas, alegres y amorosas.



Para el Niño, todo es demasiado.  Pero ya no somos niños.  Es tiempo de aceptar la soberanía de nuestra vida y responsabilizarnos.  También en lo espiritual.  Hasta ahora, hemos sido como niños al cuidado de Dios Padre.  Es tiempo de ser co-creadores.  De asumir que somos seres multidimensionales transitando una experiencia humana, de que somos un alma que decidió encarnar en esta dualidad, de que somos materia atravesada por energía espiritual, de que esto es una fantástica ilusión colectiva que nos permite evolucionar en conciencia y creatividad.

Cada uno de nosotros es una expresión completa de lo que decidimos experimentar.  Dispusimos talentos, habilidades y desafíos acordes a ello.  Cuando miramos a los demás y creemos que ellos la tienen más fácil, que no podemos, que algo nos falta, estamos escupiendo al cielo… a nosotros mismos...  Todo es a nuestra medida, venimos equipados con lo que necesitamos, traemos el potencial de ser maravillosos (no de acuerdo a modelos sociales, sino a una esencia auténtica personal).  Pero esa promesa sólo se activa cuando enfrentamos nuestros miedos y debilidades. 


No tenemos que hacerlo difícil, pesado ni sufrido.  Con conciencia, podemos superar la inercia, aprender con entusiasmo, disfrutar los dones que traemos, servir con alegría, amar con sabiduría.  Todo está en nosotros.  La clave es sostener esta visión integrativa, con constancia y paciencia, hasta que se incorpore.  Nos lo debemos y se lo debemos a la humanidad.