martes, 6 de septiembre de 2016

Aceptar la decepción y la tristeza... Aceptarnos...

En medio de tantas potentes efusiones de energía, muchos sueños han caído y muchas ilusiones se han desvanecido.  El panorama que podríamos haber previsto hace años no es el que se presenta.  Planificamos, creímos, visualizamos, trabajamos, hicimos todo para que se concrete pero no sucedió… y duele intensamente…

Una relación de amigos, un matrimonio, un puesto ansiado, un emprendimiento, una muerte repentina, una promesa, un viaje soñado, un proyecto largamente elaborado, una situación de vida imaginada, un estado idealizado, el fin de una etapa, cualquier cosa pequeña o enorme en la que hemos puesto lo mejor y lo peor de nosotros (todo nos constituye) se viene abajo.  Puede caer como un rayo o irse mostrando poco a poco, mientras forcejeamos por detenerlo sin resultado, pero la realidad es esta, esto es lo que hay.

En una sociedad que niega la muerte, cuesta hacer el duelo.  Tenemos que estar bien, seguir adelante, mostrarnos positivos, decir palabras sabias y puede que lo consigamos, que sepultemos la tristeza, la frustración, el desencanto, el dolor, en el fondo de la mente y el corazón por poco o mucho tiempo, pero en algún momento surgirá, imparable y formidable como un geiser, como un terremoto.

¿Cómo afrontarlo, cómo transitarlo?  Los demás, que se ven reflejados en la decepción y el sufrimiento, tratarán de levantarnos y hacer como si nada sucediera (o se alejarán porque no lo soportan).  Pero no hay nada de malo en ello.  ¿Por qué debemos estar bien todo el tiempo, por qué esta necesidad de sonreír constantemente, de mostrar una máscara de éxito y superación?   Hace mucho, un director de cine europeo contó que su productor norteamericano, cuando se saludaban y él le preguntaba cómo estaba, siempre le respondía: “¡¡súper bien, maravillosamente!!”, seguido de una sonora risa.  Este director, que había pasado por muchos avatares y que vivía en una zona que había sobrevivido a tantas cosas, se mostraba sorprendido e intrigado: “¿Es que jamás le pasa algo, que nada lo afecta?”.  Parece que hemos seguido la escuela norteamericana…

El fracaso puede ser un gran maestro.  Es más, puede bajarnos del Ego de un plumazo y acercarnos a la profundidad e integridad del Ser.  La melancolía y la tristeza pueden ser el caldo de cultivo de una creatividad desconocida para nosotros.  La decepción y la desilusión pueden volvernos humildes y compasivos y abrirnos nuevas puertas.  No se trata de vivir en el sufrimiento sino de aceptar que nos sucederá en algún momento y que podemos atravesarlo sin huir, sin llenarnos de pastillas, sin enmascararnos, sin desensibilizarnos, sin destruirnos.

La palabra es “aceptación”.  La confundimos con resignación, sometimiento, renunciación o conformismo pero verdaderamente se trata de dejar de luchar y pelearnos con nosotros mismos. 


 Como dijo Osho: “En el momento en que te aceptas como eres, te abres, te haces vulnerable, receptivo. En el momento en que te aceptas a ti mismo ya no hay necesidad de un futuro, porque no hay necesidad de mejorar nada. Entonces todo es bueno tal y como es. La vida empieza a adquirir un nuevo color, surge una música nueva con esa experiencia. Aceptarte a ti mismo equivale a empezar a aceptarlo todo. Si te rechazas, prácticamente rechazas el universo, la existencia. Si te aceptas, también aceptas la existencia y lo único que tienes que hacer es disfrutar. No queda ninguna queja, ningún resentimiento; te sientes agradecido. Entonces la vida es buena y también la muerte, la alegría es buena y también la tristeza, como lo es estar con la persona amada y estar a solas. Entonces, ocurra lo que ocurra es bueno, porque surge del todo. Pero llevamos siglos enteros condicionados para no aceptarnos a nosotros mismos. El hombre que despierta es el que se libra de la trampa de la sociedad, el que comprende que es un absurdo. No puedes mejorar. Y recuerda que no quiero decir que no se produzcan mejoras, sino que no puedes mejorarte a ti mismo. Cuando dejas de mejorarte a ti mismo, la vida te mejora. Al relajarte, al aceptarte, la vida empieza a acariciarte, a fluir dentro de ti. Acéptate como eres: eso es rezar. Acéptate como eres: eso es gratitud. Relájate en tu ser; así es como Dios quería que fueses. No te quería de ninguna otra manera, porque si no, te habría hecho otra persona. Te ha hecho tú y no otra persona. Intentar mejorarte equivale prácticamente a intentar mejorar a Dios, una estupidez que solo te llevará a enloquecer cada día más. No llegarás a ninguna parte y habrás perdido una gran oportunidad. Esto es lo que todo el mundo piensa en el fondo: «No tengo nada.» ¿Qué es lo que no tienes? Pero claro, nadie te ha dicho que tienes toda la belleza de todas las flores, porque el ser humano es la flor más grandiosa de la tierra, el ser más evolucionado. Pero sigues preguntando: «¿Qué tengo yo que ofrecer en el amor?». Debes de haber llevado una vida de autocensura, cargándote de culpa. En realidad, cuando alguien te ama, no te lo puedes creer.  «¿Cómo? ¿A mí? ¿Que alguien me quiere a mí?». Y surge la idea en tu mente: «Porque no me conoce, es por eso. Si llega a conocerme, si llega a ver cómo soy, no me querrá.» Por eso empiezan los amantes a ocultarse cosas. Se guardan muchas cosas para sí, no revelan sus secretos porque tienen miedo de que, en el momento en que abran su corazón, desaparecerá el amor, porque si no pueden amarse a sí mismos, ¿cómo concebir que los quiera otra persona? Acéptate, ámate, porque eres una creación de Dios. Llevas impresa la firma de Dios, y eres especial, único.”