jueves, 16 de junio de 2016

Cambiar el adentro para cambiar el afuera

Le pregunto a una nueva consultante la razón por la que comienza un camino de conciencia y evolución.  Me responde con una lista de cambios que desea ver en el afuera.  “¡Ah!  Quieres que los demás cambien para que tú seas feliz”, le digo y se ríe.  Comienza a comprender que esa es la ruta equivocada.

En realidad, es la ruta de la mayoría, la que nos enseñaron: “si algo no te gusta, lucha y cámbialo”.  De esta forma, andamos peleando con molinos de viento, creyendo que hacemos grandes contribuciones y que nuestra vida mágicamente se transformará… para caer en la constatación de que solo nos agotamos y que las cosas siguen muy parecidas.

Una amiga, hace muchos años, me dijo: “si hubiera sabido que iba a repetir los mismos problemas con mi segundo marido, me hubiera quedado con el primero”.  Así es: podemos cambiar de pareja, de trabajo, de residencia, de amigos pero, si no cambiamos nosotros, solo repetiremos lo que ya tenemos adentro, con un nuevo paisaje.

Por otro lado, resulta mucho más cómodo tratar de cambiar a los demás en lugar de trabajar con nosotros mismos.  No solo tenemos a alguien a quien echarle las culpas  sino que podemos engañarnos con que sabemos lo que hay que hacer pero el otro no lo hace (somos tan sabios y perfectos…).

Cambiar el afuera es una lucha estéril y dura.  Además, no vinimos a hacer eso.  Esta es una labor individual, que se hace en compañía.  No podemos conocernos verdaderamente ni aprender si no es por los demás.  Cada uno puede fantasear con que tiene determinadas cualidades pero, si no las pone a prueba con su entorno, nunca sabrá si son reales.  La relación con los otros nos revela, nos enriquece, nos expande, nos profundiza.

Cuando no estamos a gusto, tendemos a creer que estamos en el lugar equivocado, con la gente equivocada.  No pensamos que somos nosotros los que estamos atrayendo esas circunstancias para poder aprender algo de nosotros mismos.  En lugar de eso, reaccionamos y culpamos, nos enojamos y pretendemos cambiarlos, como pobres víctimas del destino. 



Ese lugar, esas personas, esas situaciones son las oportunidades de evolucionar.  En lugar de reaccionar y luchar, deberíamos aceptar y observar.  No se trata de una resignación pasiva, sino de un activo trabajo interior de descubrir la verdad dentro de nosotros.  Cuando comprendemos nuestro papel en la obra, podemos hacer esa transformación, esa metamofosis interna que habilitará la externa.

Habilitar no implica necesariamente que los otros cambiarán (eso depende de su propia evolución) pero ya no reaccionaremos ni estaremos apegados a resultados ficticios.  Podremos decidir sin estar coaccionados por la repetición ni los condicionamientos del pasado.  Nuestra presencia consciente atraerá nuevas oportunidades sin la necesidad de la lucha y la oposición constante.


Cuando nos dedicamos a nuestra sagrada labor interna, cumplimos con nuestro papel en Todo Lo Que Es y comprendemos que formamos parte de un entramado infinito, perfecto, evolutivo, pródigo, sabio, amoroso.  Dejamos de oponernos reactivamente para aceptar la maravilla de nuestro diseño y el de los otros y contribuimos al Gran Diseño desde la consciencia integrada, la cual es magníficamente superior a cualquier deseo limitado del ego.  Lo que es para nosotros, vendrá; lo que deba suceder, sucederá, si somos fieles a nuestra Identidad, si somos verdaderos y nos escuchamos.