miércoles, 9 de septiembre de 2015

Superarte es evolucionar, no luchar

Frecuentemente, en la primera sesión, algunos consultantes suelen contar su historia, describiéndose a sí mismos como “sobrevivientes”.  Refieren circunstancias traumáticas (hasta terribles) que les han sucedido una y otra vez, pero que han logrado “superar”.  Se sienten bien al desempeñarse con un ánimo ganador y con haber vencido las dificultades.

¿Qué los trae entonces a una terapia?  Están cansados.  En esa pelea, se han hartado y agotado.  Han perdido no solo energía y motivaciones, sino también personas y bienes.  Paradójicamente,  muchos no piensan en cambiar de actitud sino en fortalecerse para continuar el combate.

Se han identificado con ese aspecto de ellos mismos y están orgullosos.  Son los fuertes, los luchadores, los que no se rinden, los resistentes.  Y no está mal.  El problema reside en cómo lo aplican.  Si hacen hincapié en la tenacidad contra los inconvenientes, terminan convocando situaciones para ponerlo en práctica.

Cuando uno privilegia alguna condición en detrimento de otras, ella atrae las circunstancias para protagonizarlas.  Es como un actor especializado en determinado rol: lo llaman para ese solamente.  Ya conoce cómo encararlo, cómo enfrentar a los otros y a las situaciones.  Con el tiempo, se le hace tan familiar que cree ser ese rol y pierde contacto con las otras posibilidades.

Además de los sobrevivientes, están las víctimas (que caen de abusador en abusador), los perdedores (que dilapidan un negocio tras otro, por ejemplo),  los triunfadores (que se aterran de quebrantar su racha ganadora), los hiperactivos (que no pueden descansar y conectarse consigo mismos), etc.


Cada uno de esos roles, tiene atributos positivos que se pueden aprovechar en una nueva actitud en lugar de desgastarlos en una misma postura enquistada y perimida.  En el caso del sobreviviente, superar no significa hundirse constantemente en circunstancias duras para avanzar sino en dejar de convocarlas.  Algunos tienen necesidad de probarse frente a la adversidad en vez de usar esa fuerza en construir una vida completa y tranquila.  Muchos han tenido familias con historiales de lucha y no conocen otra forma de desarrollarse.  Como decía, otros encuentran identidad en ello y deben ampliar su sentido de sí al integrar otros aspectos igualmente importantes y nutritivos.

Sucumbir periódicamente en etapas conflictivas indica una falta de aprendizaje de una  determinada lección.  Caer al fondo una y otra vez no es la forma correcta de resolverla, porque a la larga es frustrante y agotador y demuestra la impotencia en encontrar la respuesta.  Es la muestra de que la superación está atada al sufrimiento y la pelea. 



Una mejor forma es detenernos y analizar, utilizando la conciencia como monitor del proceso.  Al observar los condicionamientos personales, familiares y sociales, podemos liberar las actitudes repetitivas y dañinas y encontrar nuevas soluciones.  Tendemos a premiar a los que se esfuerzan y luchan y así nos perdemos de otras formas de evolucionar.  Estamos en tiempos de permitir el poder innato de crear vidas plenas y abundantes, afirmando la vibración esencial de cada uno y no los modelos impuestos para manipularnos. 


Para ello, es necesario conocernos y confiar, visualizando un mundo distinto y ayudando a fundarlo.  Ahora mismo, todos estamos golpeados por las noticias de  infortunios en distintos lugares del planeta.  Sufrir y quejarnos no los resuelven.  Solo el trabajo interior para asumir actitudes amorosas, pacíficas y creativas que llevemos a nuestro entorno contribuirá al nacimiento de un mundo más justo y humano.  Buscar culpables no nos libra.  Responsabilizarnos de nuestra parte y trabajar en grupos trae contribuciones mejores.  Todos Somos Uno.