martes, 12 de mayo de 2015

Propuestas para conectarnos con el bienestar

El post de la semana anterior generó muchas olas.  Muchos me comentaron que se sintieron muy reconocidos con la dificultad de conectar con el bienestar.  Una consultante, observando la interacción familiar en una reunión, se sorprendió de la cantidad de quejas y demandas (directas y encubiertas) que había.  Su madre “aguantaba” y su padre solo hablaba de cómo se había “matado” en su trabajo para proveerlos.  No era difícil conjeturar la razón por la que le costaba tanto disfrutar y apreciarse. 

Venimos de entornos oscuros, tanto familiar como socialmente.  La alegría y el entusiasmo de hacer lo que nos gusta no son motores de nuestra acción, sino la obligación y el esfuerzo.  En una sociedad que se mira en los medios de comunicación y pone como modelos a las estrellas del entretenimiento, me llama la atención una orientación que se viene dando en los últimos tiempos.  Después de mostrarse esplendorosos, felices y realizados, muchos de esos ídolos confiesan luego que todo era una mentira, porque en realidad habían estado drogados, alcoholizados, en relaciones violentas, con ataques de pánico, que habían sido abusados o violados, etc.  En muchos concursos de talentos de la televisión, apelan a las historias dolorosas de los participantes para lograr más rating.

Hay un aspecto de redención positivo detrás de esta tendencia, pero también hay un refuerzo de la noción de que hay que sufrir mucho para terminar pasándola bien, con la que todos nos identificamos en una especie de consuelo mutuo.  Es cierto que los desafíos nos hacen crecer y que caer al fondo del pozo nos despierta a otras posibilidades, pero ¿cuánto de esto no es resultado de negar las cualidades de la conciencia y la alegría?

Las condiciones infantiles nos marcan el rumbo y es fundamental preguntarse cómo hemos sido criados y qué mandatos nos inculcaron.  “La vida es dura; si no te costó, no vale; pobre, pero honrado; primero los demás; el ocio es malo” son preceptos que requerirían revisión, pero pocos se toman el trabajo de hacerla y de cambiarlos por otros que elijan.  Parece más fácil vivir con lo que absorbimos cuando teníamos seis años en lugar de madurar y desarrollarnos como un adulto responsable de sus decisiones, pero no es así, sobre todo si el alimento fue tóxico.



¿Y si tratamos de evolucionar con otros métodos?  El autocastigo no hace crecer.  La autoestima ennoblece.  Las quejas alejan.  Las risas unen.  Las demandas apartan.  El reconocimiento moviliza.  El drama ahuyenta. La buena onda acerca.  La agresión erige defensas.  La compasión construye puentes.  Hacer de más es ineficiente.  Apegarse es doloroso.  Hacer lo justo y continuar proporciona impulso y progreso.  Soltar el pasado libera.  El perdón trae paz.  Las sonrisas levantan el ánimo.  Las caricias suavizan.  La constancia llega a la meta.  La abundancia es un derecho.  El silencio conecta.  La paciencia relaja.  La aceptación permite la transformación.  Compartir multiplica.  Estar con otros nos hace más libres y creativos.  Agradecer expande.  Atravesar la oscuridad lleva a la claridad.  Iluminar atrae luz.


La confusión y el miedo están de moda.  Somos empujados de un lado al otro por el sistema, en lugar de guiarnos por nuestro GPS personal: nuestro Ser.  Te invito a que tomes algunas de estas propuestas y las pruebes por un tiempo, con perseverancia.  Aquí estoy.  Juntos, podemos crear un nuevo mundo.