lunes, 10 de enero de 2011

¿Adormecidos o concientes de la Luz?

Desde hace tiempo, vengo observando una tendencia en el ambiente psicológico/psiquiátrico: los “desórdenes de personalidad”. Los más conocidos son los de ansiedad, de alimentación, de bipolaridad, de atención, etc. Muchos inconvenientes “normales” (acelerados por el estrés, los cambios veloces, la sociedad misma) han pasado a ser casi enfermedades y, por supuesto, necesitan una medicación. Decenas de drogas son elaboradas continuamente para cada uno de estos temas y millones de personas en el mundo son recetadas, la mayoría de las veces con más de uno de estos productos.

Lo que antes era tratado (o no) a través de una reflexión, de una maduración, de una terapia, de una transformación, de una búsqueda personal ahora es acallado, tapado, minimizado (o exagerado) por una pastilla. Casi nunca se resuelve algo así. Si se saca la medicación, sigue el problema… así que mejor sigamos con la pastillita.

Somos una sociedad adictiva: al alcohol, las drogas, la comida, el cigarrillo, los medicamentos; el trabajo, las relaciones, el juego, los bienes materiales; el status, la fama, el dinero; el sufrimiento, la lucha, los dramas… ¿en cuál te reconoces? Llenamos el vacío con adrenalina química, emocional, mental.

Esto es consecuencia de la desacralización de la cultura, sesgada hacia lo meramente material, dirigida por el Ego.
En lo macro, los laboratorios multinacionales en connivencia con ciertos psiquiatras están “creando” los desórdenes junto con la solución medicamentosa. Detrás de los miles de millones de dólares que genera, se encuentra la concepción de que somos animales, sin alma (irónicamente, psique en griego). Después de ensañarse con las formas del cuerpo, se pasó a la química y ahora a los genes. Lejos de la verdad de que el cuerpo muestra y expresa el alma, pero no la constituye. Si no existe el espíritu (ni Dios), todo es posible. Así estamos…

He estado explorando en Internet este tema. He encontrado dos documentales muy interesantes. Uno es: “El marketing de la locura. Vendiendo la enfermedad”. El otro es más largo, pero imperdible: “Psiquiatría. Industria de la muerte”, sobre todo los últimos videos que tratan acerca de estos tiempos.

Hace poco, volví a ver un documental que hizo un fisicoculturista acerca de los anabólicos y demás drogas que ninguno dejaba de tomar para llegar a los altos niveles de competición. Era imposible no hacerlo porque nadie consigue esa definición de musculatura sin ellos. Desacreditado por los medios de comunicación, este hombre comenzó a investigar los otros deportes: ninguno se salvaba. Siguió hacia otros ámbitos (profesionales, universitarios, empresariales, etc.); cada uno tenía sus drogas particulares para rendir al máximo. Ahí estaba la clave: había que ser el ganador, el primero, el mejor, el más. La tensión, la exigencia, la crítica, el perfeccionismo, la excelencia, encendidos por el dinero, eran tan tremendos que se necesitaba de las sustancias para lograrlo. Cuanto más alto el nivel, más presión y más droga (cuanto más bajo, más frustración y más droga, agrego yo; los extremos se tocan). Llegó a la conclusión de que era drogadicto porque era americano, era parte de la cultura. El superhombre mediatizado por la química.

Es bien interesante que este cambio que estamos atravesando se trate justamente de un enorme salto en cualquier nivel: físico, mental, energético. Es lo divino en la materia. Es la integración perfecta de muchas dimensiones. Es el alma tomando asiento en el cuerpo humano. Muchos de los síntomas son resultado de esto (sobre todo en los niños), pero, vistos desde el Ego, se trata de desórdenes, de enfermedades, no de una transformación radical y bastante rápida.

Una mayor conciencia es estimulada y una constante presencia es requerida. Las drogas adormecen esta oportunidad, retrasando el despertar y trayendo más problemas. No se trata de estigmatizarlas a ultranza. Algunos indudablemente las necesitarán. Otros durante un tiempo, supervisadas por personas abiertas a nuevos rumbos. Sea como sea, tenemos que ir hacia adentro, aceptarnos, reconocer el potencial que traemos y permitirle que se manifieste.

Como comenté en el blog en “Miedo a la Luz”, primero tememos nuestra oscuridad, pero más realmente a nuestra luz. ¿Quién se amedrenta de la esencia? Sólo el Ego. Cuando comprendemos esta falacia, liberamos el potencial y somos naturalmente la Luz que brilla eterna.