miércoles, 28 de octubre de 2015

Casualidad o causalidad: lo que decidas te define

¿La vida es una casualidad?  ¿No pediste nacer de estos padres, en este país, en este ambiente?  ¿Por culpa de esas circunstancias externas, tú eres como eres?  ¿Por un capricho del destino, has tenido determinados accidentes, problemas y encuentros?  ¿Lo que puedes optar es muy poco, porque casi todo es un azar que te arrastra sin control?

¿La vida es una causalidad?  ¿Decidiste tener estos padres en este entorno porque te darán las oportunidades de desarrollar los aprendizajes y vivencias que deseas atravesar en esta vida?  ¿Has determinado encontrarte con ciertas personas para la mejor evolución de todos?  ¿Lo que te sucede es consecuencia de tus elecciones y, por lo tanto, puedes cambiarlo?

¿Qué crees?  Lo que decidas definirá tu vida, no lo que es.  Si llueve y te enojas o te alegras, seguirá lloviendo pero tú te sentirás distinto.  De la misma forma, el “sistema” que rige la Vida continuará, pero la forma en la que lo interpretes delimitará la forma en la que lo experimentas.  Como en el viejo cuento del hombre que va a ver a un abogado por una demanda: al preguntarle si tiene oportunidades de éxito, el profesional le señala una pared llena de textos y le dice: “todos estos libros se lo aseguran”.  Al perder el juicio, el cliente furioso le increpa al abogado y este le muestra otra pared y le responde: “no le dije que todos estos otros libros se lo niegan”.  Cada teoría tiene sus defensores y detractores.  Puedes discutir eternamente acerca de la casualidad o la causalidad pero lo que no puedes es ser indiferente.

En este mundo veloz, pocas personas se toman el tiempo de reflexionar acerca de estas cuestiones.  El problema es que ellas influyen muchísimo en quien eres y cómo vives.  La sociedad occidental y cristiana no cree en la causalidad, por ejemplo.  Esto afecta tu visión del mundo directamente porque das por supuesto ciertas cosas que pueden ser de otra manera.  Si hubieras nacido en la India, tendrías otras convicciones.  La clave es desapegarte de tu contexto y pensar por ti mismo. ¡Qué trabajo!  Acostumbramos tragar cualquier cosa previamente masticada por otros sin chistar porque es más fácil, pero puede ser muy indigesto ya que eso no contempla tu propio cuerpo y sus necesidades.

Una excusa común es que, como no sabemos, es mejor no pensar.  ¿Conoces cómo funciona la electricidad?  La mayoría no lo sabe, lo cual no le impide usarla de mil formas distintas.  Supongamos que es una cuestión de dogma: creer en ella o no, ¿cambiaría su existencia?  Si pones un dedo en un enchufe, te electrocutarías igual.  Todo sigue siendo lo que es, pero tu definición hace que uses ese conocimiento para tu mayor bien.



Lo mismo sucede con otros temas ríspidos como la reencarnación, la ilusión de lo material o Dios.  Sin entrar a discutir su existencia o no, lo que concluyas acerca de ello modificará tu vida sustancialmente.  Hay una enorme diferencia entre pensarte como una hoja en la tormenta, manejada por invisibles vientos más allá de tu control, o como un ser multidimensional, con un propósito divino, guiado y protegido.  Hay un gran contraste entre concebir que tienes una sola vida o muchas oportunidades de aprendizaje y evolución.  Y otro mayor entre entender que continúas luego de la muerte o que todo se acabó ahí.


Ninguno es bueno o malo.  Incluso cierto o falso.  ¿Quién eres tú para determinarlo?  Justamente, tú eres el que vive esta existencia, el que llora y ríe, el que sueña y se desilusiona, el que se alegra y se enoja, el que busca abrirse a su esencia y vivir de acuerdo a ella, sin mandatos ni condicionamientos externos.  Comprendí eso hace muchísimos años, cuando me di cuenta de que era un “bicho raro” y que las consecuencias de mis decisiones las iba a vivir yo y no quienes me criticaban.  Así, resolví continuar pensando por mí misma y ser fiel a lo que creía.  Esa crucial solución clausuró la oposición en mi interior y en el exterior: finalmente, lo de afuera es un espejo de lo de adentro (otro paradigma discutido).  ¿Qué decides tú?